Nunca se me ha dado bien encajar lo nuevo, me pone nerviosa e intranquila. Ahora que estoy embarazada y que la maternidad es una aventura inminente, estoy aterrada, desconcertada, muy alejada de mi zona de confort. Tengo cierta sensación de irrealidad, de despersonalización. No creo que llegue a ser disociación, vamos, estoy segura de que no, pero sí iría en la misma línea, salvo que en un grado mucho más bajo.

En estos meses (estoy en mi octavo mes de embarazo) he tenido que planear, en la medida de lo posible, cómo encajar un bebé en mi vida. Además, el embarazo en sí ha aportado todo un carrusel de síntomas y cambios físicos y mentales. Me he sentido muy abrumada. Me siento muy abrumada. Intento tomármelo con paciencia, aceptando que no puedo prever nada con exactitud, que los planes deben ser lo más elásticos posibles, que día a día deberé adaptarme a lo que la vida me va trayendo. La pesadilla autista, lo sé.

Foto de una persona blanca visiblemente embarazada, plano del cuerpo, no se le ve la cara. Viste de blanco y sujeta un body blanco de bebé. Fondo blanco.

En cuanto a los cambios corporales

Lo llevo bastante bien, pero creo que es porque mi aspecto ha sido muy variable desde… bueno, desde siempre. He ganado y perdido muchísimo peso en la última década así que estoy algo acostumbrada a ver cambios en mi rostro, en la forma de mi cuerpo. Supongo que lo extraño para mí sería no sufrir ninguna alteración. La barriga de embarazada me parece muy bonita, aunque sea poco práctica y cause molestias. Me veo guapa. Creo que es buena señal.

Por desgracia no todos los cambios corporales son estéticos. Mis hormonas se han alterado, empezando por mi producción de insulina, nefasta, así como las sexuales, con sus consiguientes consecuencias en el estado anímico. Con el tema de la diabetes al menos me han proporcionado herramientas para tratar de mantener cierto control. Me he aferrado a ellas. La endocrina me felicita en cada visita por el registro tan minucioso que hago sobre mis mediciones de glucosa, mi alimentación y mis dosis inyectadas. Si ella supiera. Llevar ese registro me proporciona un poco de paz, una sensación de dominar, aunque sea de forma leve, la situación de mi cuerpo. Por supuesto éste se rebela constantemente. Y eso que es mío. Aunque eso no es cierto, claro que no. Yo pertenezco a mi cuerpo, él manda (en el cuerpo incluyo el cerebro). Mi parte consciente es sólo un porcentaje ínfimo de lo que soy yo y esa parte está supeditada al resto, aunque por algún motivo, el cuerpo nos haga creer que es nuestro yo consciente el que manda. Puede que sea para no enloquecer ante tan desconcertante realidad.

Ilustración realista de un cuerpo de mujer cis con piel transparente para que se vean los músculos y los huesos, parece que salta alegremente. El fondo son cadenas de ADN traslúcidas sobre colores arcoíris.

Tantos cambios fisiológicos, tan seguidos, apenas dan tiempo de procesarlos. A veces incluso terminan antes de haberme hecho a la idea. Creo que eso es algo bueno. Lo único que puedo hacer es ir viviendo el día a día, comprobar cada mañana qué me depara el cuerpo para esa jornada: ¿náuseas, ciática, contracciones, calostro en los pezones, insomnio? Pronto, muy pronto, todo eso (o casi todo) terminará, así que no vale la pena darle muchas vueltas. De ahí me viene la sensación de irrealidad y de despersonalización. Son tantos cambios que es como si no fuera yo, y si no soy yo es como si estuviera soñando, a pesar del dolor.

En cuanto a los cambios en mis espacios

He aprovechado el embarazo para hacer una pequeña reforma en mi casa. También porque me vino un poco de dinero caído del cielo, el cual no esperaba en absoluto. Fue casi una señal, si creéis en esas cosas. Al parecer cuando estás embarazada se puede despertar un instinto primigenio de anidación. Aunque lo habitual es que suceda en el tercer trimestre, yo lo sentí desde el primero (creo que la anticipación autista tiene mucho que ver con esto). Sentí que mi casa no era adecuada para un bebé, no era segura, ni limpia, ni bonita (y mi bebé se merece vivir y crecer en un entorno seguro, limpio y bonito). Así que decidí hacer esa reforma. Aunque no fue una gran obra, pues tampoco contaba con un gran presupuesto, me quedé agotada, medio en burnout. Fueron tres semanas intensas en las que conviví con ruido, polvo, extraños en mi casa, y cambios, muchos cambios. Sabía que al terminar estaría agotada, aunque también creí que me sentiría más feliz. Estoy contenta con el resultado, no me malinterpretéis. Ahora la casa es mucho más funcional y bonita y me gusta mucho, mucho, mucho. Mas el cansancio no me permite alegrarme tanto como me hubiera gustado. Me pasó algo similar con la mudanza de hace unos años.

Foto de un nido de cigüeña con dos cigüeñas dentro, en el fondo se ve un pájaro negro y muchas ramas.

Por otra parte en cuanto a los cambios en el espacio, durante las últimas semanas he visto (y lo he visto porque yo lo he provocado, claro), cómo las estancias se llenaban de cosas para bebé: un carro, una bañera, una cuna (aún en la caja, sin montar), ropita de bebé,… Hay cosas de bebé por ahí, aunque todavía no hay bebé. Pero lo habrá. Y eso es algo que por mucho que me gustaría imaginar y saber cómo va a ser, no puedo. Ni yo ni nadie. Creo. Alguien que ya lo haya vivido se puede hacer una idea, pero cada bebé es una persona diferente, y cada persona es un mundo. Y yo no conozco a mi bebé, así que no sé cómo prepararme para elle (usaré el neutro para referirme a mi bebé porque no quiero desvelar su sexo y porque no conozco su género). Todo esto contribuye a acrecentar ese ambiente irreal, como de ensoñación. Cien veces al día me pregunto qué estoy haciendo, qué he hecho, qué voy a hacer, y cien veces al día me quedo sin una respuesta que darme. Me alegra mucho no estar pasando por esto sola, mi marido es un gran apoyo, me devuelve un poco a la realidad, por así decirlo, como un ancla optimista que me asegura que todo va a ir bien.

En poco tiempo he tenido que cambiar mi vestuario, mi hogar, mi rutina diaria y mi forma de pensar, ya que ahora debo incluir a una persona más en mis pensamientos, en mis proyectos, en mis planes,… en todo. Así que sí, me siento abrumada, a pesar de que todo esto es consecuencia de mis decisiones conscientes, mis elecciones. Ser mamá es lo que yo quería, y lo sigo queriendo, pero eso no hace que el miedo disminuya, ni mi dificultad para afrontar lo ignoto, para asumir que no tengo el control, no como antes, y no lo recuperaré en muchísimo tiempo. Si es que lo llego a recuperar alguna vez.

Iconos negros sobre fondo blanco relacionados con bebés, maternidad y concepción.

¿Cómo manejo las novedades? No lo llamaría manejarlas, se trata más bien de resignación. Los cambios vienen, quiera yo o no, los haya previsto o no. Algunos se deslizan por mi piel como el agua de la ducha, con implacable suavidad, arrastrando consigo lo que no se ha aferrado a mí con excesiva fuerza. Otros me sacuden como un tortazo, me dejan atónita y dolorida, con una marca roja, ardiente y palpitante allí donde han entrado en contacto conmigo. Las novedades suceden, una tras otra o todas a la vez. Para algunas puedo prepararme y para otras no. Todo lo que puedo hacer ante ellas y sus consecuencias es resignarme, asumir que no me corresponde a mí decidir sobre ellas o dominarlas. Mi única rendija de control es sobre mí misma, en parte, sobre mis acciones y mis decisiones. En ellas influirán aspectos que también escapan a mi gobierno, como las hormonas, mi estado físico y anímico y cómo me afecta el ambiente. Aún así, poder tener algo mío en lo que centrarme, por pequeño que sea, por poco impacto que tenga, es una buena noticia, un alivio, un respiro.

Muchas gracias por leerme. Puede que en la próxima entrada que escriba ya tenga a mi bebé conmigo. Quién sabe.

Descripción imagen de cabecera: foto de una puerta verde con un cartel de madera colgado con la palabra CHANGE en dorado.