De pequeña me ocurría una cosa y quiero compartirla aquí en el blog.

Como suele suceder, cuando tenía unos nueve o diez años, iba al colegio y me mandaban deberes para casa. Sé que a nadie le ha gustado nunca hacer deberes, no de forma continuada, por norma general, cada día de la semana. Es un fastidio. Pero para mí era algo más que un fastidio, era una tortura.

En primer plano una caja de lápices de cera de colores. De fondo, desenfocado, un niño pintando o haciendo deberes

Lo pasaba mal, francamente mal, terriblemente mal en el momento en el que la profesora nos hacía leer la tarea resuelta a cualquiera de mi clase de forma aleatoria. Nunca se sabía a quién le iba a tocar, ni qué ejercicio debía leer en voz alta o incluso peor, salir a la pizarra a terminarlo. Y ¡ay! de quien no hubiera hecho los deberes en casa. La vergüenza, la regañina que le caía encima, el castigo. El pánico. Eso es lo que sentía yo, pánico. No sé si os podéis hacer una idea de lo intenso, poderoso y horrible que era ese sentimiento en un cuerpo tan pequeñito como el que tenía entonces.

Siempre he sido bastante torpe, así que más de una vez me equivoqué al apuntarme los ejercicios que había mandado la profesora. En el momento de resolverlos ante toda la clase era cuando me daba cuenta del error, pero ya era demasiado tarde. La vergüenza caía sobre mí y me engullía en sus amargas fauces.

Aula con niñes de uniforme azul marino frente a una profesora que está de espaldas a la cámara, parece que la escuchan. La pared del fondo es amarilla.

Y también había otra cuestión. A veces resolvíamos en clase, todes juntes, ejercicios que no habían sido mandados como tarea para casa. A veces. No sabía cuándo iba a suceder. Ni qué iba a preguntar. Esa incertidumbre, el desconocer qué iba a ocurrir en clase, si me iban a preguntar algo o no, y en qué podía consistir tal pregunta, me producían una angustia difícil de describir. Ojalá pudiera transmitir lo mal que lo pasaba, la intensidad de esa ansiedad.

La solución que encontré fue la de anticiparme. ¿Cómo? Realizando por anticipado, en casa, todos y cada uno de los ejercicios de todos los libros de clase. Incluso llegué a estar varios temas por delante con los ejercicios hechos, por si acaso daba la casualidad de que en clase llegásemos a ese punto de la lección y la profesora me preguntara a mí algo que yo no supiese. Estoy hablando de pasarme horas por las tardes, por las noches, con diez años, los fines de semana, haciendo ejercicios y ejercicios y ejercicios, muchos de los cuales ni siquiera serían obligatorios y quedarían relegados al olvido.

Niña con sudadera a rayas haciendo deberes sobre fondo negro

La sensación de control aliviaba mi ansiedad pero pagué un precio muy alto. Me quedé sin tiempo para mí, para jugar, para leer, para disfrutar un poco de la vida. Siempre estaba cansada, como es natural dadas las energías que empeñaba en tan titánica labor autoimpuesta. Tanto fue así, tan visible era mi lamentable estado que incluso mi madre se percató de ello, e hizo algo sorprendente: fue a hablar con la profesora. Creo que fue la única vez, al menos por iniciativa suya y no del profesorado.

Recuerdo a las dos en la clase, a mi madre y a la profesora, ambas con cara de sorpresa y confusión. Mi madre le reclamaba a la profesora que no fuera tan bestia y dejara de mandar tantos deberes para casa. Ella no pensaba que fueran tantos y entonces descubrieron, preguntándome, que yo hacía muchos más ejercicios de los que ella imponía. Creo que encima me llevé una regañina. Me dijeron que dejara de hacer eso. Esa fue la solución que me dieron. Ya está. Ninguna receta para controlar mi ansiedad, sólo una orden para que dejara de actuar como actuaba, sin cuestionar las razones por las que mi comportamiento era tal.

Foto en blanco y negro de una niña desamparada sentada sobre una silla. La sensación que transmite la foto es un poco de desolación, de estar esperando que ocurra una catástrofe. La imagen es oscura en sí, con mucho espacio vacío.

Creo que no lo llegué a solucionar nunca. Me sigue angustiando lo imprevisto, la incertidumbre. Puede que ahora lo resuelva de formas diferentes, ya que soy más mayor y he aprendido más trucos. Sabe más el diablo por viejo que por malo, y creo que voy comprendiendo a qué se refiere este refrán. Pero no soy nada buena contestando preguntas no planificadas. Es posible que huya de quien me pregunta, o me esconda, o contesté algo inoportuno, incluso desagradable, o diga algo que no tenga nada que ver con el asunto.

Sigue produciéndome ansiedad y malestar no tener planificado, aunque sea de forma mínima, cualquier situación que no haya vivido con anterioridad (o muy pocas veces o hace mucho tiempo). ¿Ir a un sitio que no he ido nunca? Bendito sea Google Maps, con su callejero y sus fotos de los locales. Si voy a comer a un sitio nuevo procuro mirar antes la carta (gracias Internet). Conforme mayor me hago, más experiencias he vivido y menos novedoso me resulta casi todo. Sé que hay gente a la que esto le da mucha pena y buscan vivir nuevas experiencias sin embargo para mí significa que mi angustia es cada vez menor.

Hubiera sido tan fácil que en su momento la profesora me hubiera dicho todos los ejercicios que iba a mandar para esa semana, cuáles habría que corregir en público y cuáles en concreto me tocaría a mí. Pero claro, la gracia estaba en no avisar de este tipo de cosas, para “obligar” a les alumnes a hacer todos los ejercicios estipulados por miedo a ser pillades. Absurdo. A quien no le preocupaban los deberes, este método no hacía que empezase a hacerlos. Y puede que yo fuera la única autista de mi clase (aunque lo dudo) pero desde luego no era la única con ansiedad, o fobia a hablar en público o miedo al fracaso.

Foto submarina de un banco de peces azules. El color predominante es el azul.

En fin, lo que quiero dejar claro es que yo no veo como un error mi necesidad de anticipación, igual que no veo un error el no poder respirar bajo el agua (sin equipo apropiado), o no tener la capacidad de volar, por ejemplo. Yo lo que quiero es que se respete esta necesidad mía, compartida por muchísima gente, sobretodo autista pero seguramente también un buen puñado de alistas. Es una discapacidad en la medida en la que el mundo ni entiende, ni respeta, ni tiene en cuenta que yo necesito tener información de antemano sobre cosas certeras que van a ocurrir para estar en el mismo grado de bienestar que una persona promedio, una persona sin esta característica.

Ojalá se empiecen a aplicar medidas efectivas de forma más extendida y podamos dejar de sufrir tanto por cosas tan nimias.