Una de las ventajas que ha traído consigo el diagnóstico y el saberme autista ha sido que la frecuencia e intensidad de mis colapsos ha disminuido considerablemente.

¿Qué entiendo por colapso?

En inglés hay varios términos para referirse a las distintas crisis que pueden sucedernos a las personas autistas: shutdown, meltdown, burnout,… He hablado de ellas o sobre ellas en otras entradas del blog. A mí el inglés se me da bastante mal, sobretodo pronunciar (tampoco es que se me diera especialmente bien en español, pero le tengo más práctica y aprendizaje), así que me referiré a estas crisis como colapsos porque creo que es de las que mejor se ajusta (y porque me suena bien, vamos).

Mis colapsos coinciden bastante con lo descrito en algunos textos sobre autismo y otras experiencias en primera persona, y puede variar la intensidad y duración del mismo (esto es algo que, como he mencionado, ha mejorado sustancialmente desde que me sé autista). El colapso en sí lo puedo describir en mi caso como una incapacidad de reaccionar, o de pensar y realizar cualquier acción. Prácticamente me convierto en una estatua, no puedo hablar, apenas puedo moverme (rigidez corporal), ni siquiera suelo ser capaz de pensar. Me quedo bloqueada. Es posible que llore, chille, me balancee (muy suave, en mi caso es poco perceptible por mi rigidez). También es posible que tenga tics o espasmos (por esto creyeron que podía tener epilepsia). Si alguien en este estado trata de presionarme, es posible que le grite (nada inteligible probablemente, o un vehemente “déjame”) e incluso apartarle con violencia. Es un estado que para un observador externo puede parecer, en ocasiones, muy sereno pero no lo es en absoluto. La tensión interna es máxima y apenas hace falta un soplido para romperla.

Una de las cosas que hago cuando noto que el colapso es inminente (o estoy ya cayendo en él) es alejarme, literalmente, del foco que me lo produce. En algunos casos es más fácil que en otros, claro.

¿Cómo detecto un colapso?

He mencionado al principio que desde que tengo el diagnóstico y me reconozco dentro del espectro autista (no hace falta tener el diagnóstico oficial para reconocerse en el espectro ni toda la gente diagnosticada se reconoce como autista) mis colapsos son menos frecuentes y, en general, de menor intensidad. No es por ninguna magia extraña ni ningún tratamiento farmacológico (aunque es verdad que tomo fármacos, pero de bastante antes del diagnóstico). Se debe a que, gracias a lo que he podido aprender sobre autismo y gente autista, he podido aprender también, y mucho, sobre mí misma. Ahora entiendo cosas que antes no, me conozco de una manera mucho más profunda y verdadera y acepto más quién soy y me alejo de lo que pensaba que debía ser.

Así que ahora sé, en mayor medida, qué situaciones o factores me pueden producir colapso, así que los evito o voy preparada para enfrentarme a ello. Pero no todo se puede anticipar y a veces el colapso se presenta sin previo aviso o sin que hayamos podido prepararnos para la situación estresante que nos conduce a ese estado.

Al principio, como no sabía ni lo que era el colapso, pues no entendía nada, me asustaba y entraba más en fase de mutismo y desesperación etc. Ahora raras veces llego al mutismo total, aunque procuro hablar lo menos posible para no sobrecalentarme los circuitos del habla y la comunicación (por si me hacen falta). Lo que siento cuando se me viene el colapso es similar a la ansiedad, acompañado de una fuerte sensación de impotencia y frustración, junto con el bloqueo. Me recuerda a cuando un ordenador se cuelga y empieza a sobrecalenarse. El mío hasta se apagaba si encima empezaba a toquetear botones para ver si reaccionaba. Soy como ese viejo ordenador. Otro aviso que me da el cuerpo de que estoy entrando en colapso es la lentitud. De normal soy lenta, vale, pero cuando noto que voy incluso más lenta de lo habitual, que me está costando pensar y articular en mi cabeza un pensamiento cualquiera, es más que probable que el colapso esté anunciando su llegada. Emocionalmente es muy intenso y abrumador, si empiezo a notar que mis sentimientos se vuelven muy confusos (más de lo habitual) y muy abrumadores (puedo llorar de repente o sentir un dolor extremo) es otro indicativo, pero uno que deja poco margen de acción la verdad.

A veces, simplemente, me desconecto parcialmente de la realidad, puede tratarse de disociación o evasión, no controlo los tecnicismos. Si me ocurre esto el mutismo suele ser inevitable. A mí no me molesta, pero es muy intrusivo, estresante y doloroso si en este momento tratan de obligarte a hablar.

Y bueno, la mejor forma de preveer un colapso es conocer la casuística que lo ocasiona (en cada persona será diferente). Os expongo las mías por si os sirven como guía para detectar las vuestras:

¿Qué me ocasiona un colapso?

Básicamente los factores que pueden desencadenar uno de mis colapsos conocidos son o sensoriales o emocionales (o mezcla de ambos) o un tercero que no sé cómo nombrar.

Estar en un sitio ruidoso (me molestan especialmente el barullo de voces, la música la tolero mucho mejor por no decir que suele ser catártica para mí), con mucha gente, donde haga calor y humedad, si hace mucho sol (y no llevo las gafas de sol) o las luces son muy brillantes… Son factores ambientales que merman mi sensorialidad agudizada. Puede suceder muy de golpe. En un momento estoy bien y al siguiente he empezado a llorar, a perder el habla y a golpearme suavemente los brazos o las piernas.

También puede sucederme debido a que esté viviendo un conflicto intenso, algo que me remueve emocionalmente, puede ser la muerte de un ser querido, pero no hace falta irse a algo tan extremo, las discusiones habituales sobre tareas de la casa y demás, también pueden hacer que colapse. Que sea tan sensible a los conflictos seguramente se deba a traumas que arrastro, pero el colapso posterior es la reacción natural de una persona autista ante algo que le sobrepasa emocionalmente.

La tercera causa común que puede producirme un colapso es que me manden muchas tareas, muchas instrucciones, que deba realizar en un corto periodo de tiempo, o que me den de improviso un montón de opciones para elegir y me obliguen a tomar rápido una decisión. Digamos que en mi cerebro entran una cantidad de inputs de información que soy incapaz de gestionar de forma eficiente en el ritmo que se me exige, lo que me lleva a la frustración y a un bloqueo o incluso al colapso. Seguramente habréis visto muchas veces una escena en series o películas en las que hay alguien trabajando en una fábrica frente a una cinta transportadora, de la cinta sale de forma regular algo que la persona debe manipular y volver a dejar en la cinta. Mientras la cinta lleva un ritmo lento, quien la opera no tiene ningún problema, pero al acelerar la cinta, los objetos se amontonan, se caen, se rompen, la persona se pone nerviosa, no sabe qué hacer,… Esa soy yo cuando me dan instrucciones de viva voz y todas de golpe.

¿Cómo evito los colapsos?

La respuesta es fácil en teoría pero más difícil de llevar a la práctica, al menos de forma perfecta. Evitar un colapso se puede conseguir evitando exponerse a los factores que lo ocasionan. Y si queremos o tenemos que exponernos a algunos determinados por motivos lúdicos, laborales o los que sean, podemos prepararnos.

¿Verdad que la gente que va al espacio pasa por una preparación, llevan sus trajes de astronauta y tienen nociones de lo que van a hacer allí? ¿Verdad que un buzo que nada en aguas gélidas sería un insensato si se sumergiera sin un traje de neopreno? ¿Por qué ignorar y despreciar nuestras necesidades sensoriales, psicológicas y emocionales por no ser como las de los NT? Un pez no necesita traje de buzo, y es natural, está adaptado al medio en el que vive. Pero el buceador no.

La gente autista somos como buceadores en un mar neurotípico.

Si somos sensibles a ruidos y luces, tratemos de encontrar cascos y gafas que nos hagan la vida más cómoda y satisfactoria. Si las multitudes nos apabullan, tratemos de evitarlas, de rodearlas, de ir acompañades por alguien que nos cuide en caso de crisis. Si nos exigen más de lo que podemos hacer de forma saludable, saquemos el dedo corazón y hagamos una hermosa peineta (esto es broma pero me dan ganas muchas veces).

No tenemos por qué ser normales, ni parecer normales, ni fingir normalidad cuando lo normal se ha estipulado sin tenernos en cuenta ni consideración. Normal no es sinónimo de bueno, sólo de frecuente.

También he aprendido a evitar los colapsos emocionales aprendiendo sobre mis propias emociones, haciendo un trabajo consciente sobre qué las ocasiona, cómo reacciono ante ellas, y validándolas, dándoles su merecido espacio en mi vida. Ya no me vale que me digan que exagero, que soy una dramas, una intensita. No acepto que me digan que no debería sentir lo que siento (por ejemplo si siento un interés enorme y vehemente por una serie de dibujos). Son mis emociones, son tan buenas o malas como las de cualquier otra persona, existen y merecen que les preste atención, no que las niegue, las desprecie, las ignore o las reprima.

He colapsado, ¿ahora qué?

No siempre vamos a evitar los colapsos, ni siquiera una persona NT saludable puede evitar alguna que otra crisis (por ejemplo de ansiedad). La vida nos presenta situaciones que sorteamos lo mejor que podemos. Y a veces nos la comemos de frente, como una valla en mitad del camino.

Desde mi experiencia personal puedo hacer algunas recomendaciones que tal vez os ayuden en los momentos del colapso y los posteriores a este.

Una vez entro en colapso, tratar de reprimirlo sólo me suele reportar sufrimiento y un colapso más duradero. Procuro no ponerme más nerviosa y recordar que es algo puntual, que la sensación abrumadora, la frustración y la impotencia pasarán. Es temporal. Durante el colapso me recuerdo que merezco cuidarme, al fin y al cabo no he entrado en este estado por nada. Si tengo oportunidad voy a un sitio tranquilo y en soledad (o en compañía muy selecta que me respete y respete mi procesamiento neuronal). Lloro, porque yo siempre lloro. A veces grito, a veces me doy golpecitos, a veces emito sonidos y a veces me dejo llevar y rompo cosas (antes, en la adolescencia, que fue una época de mi vida con mucha más rabia en mi interior, tenía objetos preparados para ser estampados en momentos así).

Después del colapso me sobreviene el agotamiento. Siento como si hubiera corrido una maratón, o dos, no sé. Es un cansancio físico, mental, emocional y espiritual si crees en ello. No hay una parte de mi ser que no esté exhausta. Por lo tanto, es necesario descansar. Beber agua, tomar alimentos, dormir un poco… Son cosas básicas que creo le pueden venir bien a todo el mundo. A veces me abrazo a un peluche (aunque de normal alguno de mis gatos viene a darme mimos, qué listos son). Otras necesito algunas horas de ver algo en la tele que no necesite pensar, sólo ver imágenes bonitas o comedias ligeras. Cuesta un poco (a veces bastante) recuperarse de un colapso. Si esta sensación de agotamiento se prolonga durante días y semanas, se suele decir que hemos entrado en burnout.

Si tenéis más sugerencias sobre cómo evitar o sobreponerse a los colapsos estaré encantada de leerlas en los comentarios.

Gracias por leerme, hasta la próxima.