¿Qué es el odio y por qué lo sentimos? Es una pregunta que me hago desde niña, dado que he sentido el odio infinidad de veces en mis carnes, tanto en un sentido como en el otro. He sido odiada (seguramente soy odiada en el presente) y he odiado.

El odio es un sentimiento humano aunque su origen, probablemente, sea mucho más atávico. Para redactar esta entrada, que es más una reflexión propia que quiero desarrollar y compartir pero que en absoluto pretende sentar cátedra, voy a diferenciar entre los conceptos “sentimiento” y “emoción”. Sentimiento es el pensamiento sobre una emoción, lo que pensamos cuando sentimos algo. Emoción serían las sensaciones corporales que percibimos. Las emociones están presentes, que se sepa, hasta en organismos muy sencillos, y no me extraña; las emociones ayudan a los seres vivos a sobrevivir. Y la vida tiende a persistir, es una manía que tiene. Como evolutivamente las emociones han probado insistentemente que ayudan a las poblaciones y los individuos a su supervivencia, es lógico que hayan permanecido e incluso se hayan vuelto más sofisticadas conforme los sistemas nerviosos se tornaban más y más complejos.

Como seres humanos tenemos la capacidad del lenguaje y de comprender que existe el futuro y que podemos influir en él desde nuestro presente. Dadas estas capacidades, podemos hablar de sentimientos, que es la forma de plasmar en lenguaje las emociones que percibimos. Para el análisis me es indiferente el tipo de lenguaje que se emplee, si las palabras son transmitidas de forma oral, visual, signada,… Es irrelevante para mi reflexión (creo).

Imagen: Cuatro bolas amarillas con caras dibujadas que reflejan diferentes emociones, fondo blanco

El odio, entonces, ¿lo concibo como un sentimiento o como una emoción? Pues de las dos formas.

El odio como emoción

El odio como emoción tiene sentido, cierto sentido al menos, desde la perspectiva de la supervivencia, tanto nuestra como de nuestra progenie o nuestro grupo. Odiamos aquello que puede herirnos, matarnos, ponernos en peligro, dificultar que sigamos con vida. Es una emoción que se entremezcla con el miedo y la ira. Por supuesto, ante la duda, odiamos lo desconocido. Lo desconocido puede hacernos daño y por ello es más inteligente (o adaptativo) sentir, como poco, cierto recelo ante algo que no conocemos. Si la experiencia nos dice que un alimento de color rojo puede hacernos enfermar, porque ya nos ha ocurrido o ha ocurrido en nuestro grupo, lo más lógico es que evitemos ese alimento de color rojo. Es posible que desarrollemos emociones de odio con respecto al color rojo por asociarlo con malestar, con muerte, con dolor. El odio tiene razón de ser, una utilidad o propósito. El odio, como emoción, no es malo en sí mismo. Lo malo es que el odio es maleable, puede ser instrumentalizado y manipulado.

El odio como sentimiento

¿Qué pensamientos nos vienen a la mente cuando el odio se despierta? Depende un poco de qué objeto, concepto o criatura despierte ese odio, pero en mi caso, ejemplos de pensamientos que aparecen desbocados en forma de oraciones y palabras en mi mente podrían ser: “no vales para nada”, “eres horrible”, “te quiero lejos de mí”, “no pienso acercarme a ti”, “dais asco”, “tengo que matarte” (este pensamiento me viene siempre que veo una cucaracha, no así con otros insectos aunque sean más peligrosos, lo que me demuestra que mi odio no es totalmente lógico ni coherente, algo que creo muy relevante). A veces el odio nos impulsa con vehemencia a huir, otras a a atacar y otras a vengarnos. En cualquier caso, el odio en un sentimiento que aleja, separa. No podemos permanecer cerca de algo que odiamos, no podemos verlo, es superior a nuestras fuerzas. El sentimiento de odio puede ser más sofisticado que la emoción que lo genera, más enrevesado. Intentamos racionalizar el odio. Por ejemplo, una vez me picó una avispa y me dolió e incluso me dio reacción alérgica. Era muy pequeña, no lo recuerdo, me lo han contado. Sin embargo, desde entonces he odiado a las avispas, a todas. Es absurdo si se piensa con detenimiento: odiar a una especie entera, que además no dispone de libre albedrío, al menos no en una escala comparable a la humana, por lo que hizo un individuo concreto de esa especie suena ridículo. Por el contrario, el odio tiene sentido en el contexto mencionado antes de la supervivencia: me alejo de una especie animal que tiene la capacidad de herirme.

Creo que he resumido de forma inteligible cómo funciona el mecanismo del odio a nivel personal. Es mucho más complejo de lo que he expuesto, pero espero que la esencia sea fiel a la realidad. Este reduccionismo es para poder manejar los conceptos empleados, de otra forma no podría reflexionar sobre el odio (ni sobre nada en general).

Imagen: Avispa vista desde muy cerca y de perfil mientras bebe agua, fondo verde.

Los problemas del odio

El odio en nuestra sociedad es un problema espantoso (apreciación personal). Dado que la humanidad se ha desarrollado en grupos, que tenemos la capacidad de comunicarnos mediante el lenguaje (un tipo de comunicación que permite la abstracción, el poder nombrar conceptos complejos, etc.), somos conscientes de nuestra mortalidad y podemos anticipar el futuro hasta cierto punto, todas las emociones y sus respectivos sentimientos se han adaptado para tener en cuenta estas particularidades humanas. También el odio.

El odio puede ser compartido. Es decir, yo, que odio las avispas por mi experiencia personal, puedo comunicar ese odio a las personas de mi entorno que, por cierta empatía, podrán imaginar el peligro que suponen las avispas y desarrollar el mismo odio que yo (o parecido). No es necesario que una persona experimente algo por sí misma para desarrollar emociones intensas con respecto a ese algo. Los traumas pueden ser compartidos, podemos ser sensibles a las experiencias ajenas.

El odio puede ser instrumentalizado. Yo, que odio las avispas y deseo que desaparezcan porque las temo y no quiero que vuelvan a dañarme, puedo convencer a otras personas de que se deshagan de las avispas por mí. La cantidad de personas que actuarán con violencia hacia las avispas dependerá en gran medida en el poder de influencia que tenga sobre ellas y eso depende enormemente de mi posición en la sociedad. Muchas veces ni siquiera será necesario que verbalice de forma directa mi odio hacia las avispas, de hecho no es nada necesario para despertar la emoción de odio en otras personas ya que las emociones primarias de miedo e ira (unidas a lo desconocido) son algo que llevamos en nuestros genes, no nos son ajenas, forman parte de nosotres.

El odio puede ser racionalizado. O dicho de otra forma, el odio puede ser justificado. Gracias al lenguaje y a la lógica puedo expresar mi odio y envolverlo en un halo de racionalidad, como si lo racional tuviera algo que ver con la verdad o la justicia. Yo puedo decir “como A es igual a B, y B es igual a C, entonces A es igual a C”. Así que puedo decir “Como una avispa casi me mata, otras avispas podrían mataros a ustedes, o a vuestros seres queridos”. Y, aunque hay varias soluciones disponibles al problema de que las avispas puedan matarnos (conocer cómo actúan las avispas nos previene de cómo interactuar con ellas para que no nos dañemos mutuamente, podríamos buscar una forma de que las picaduras de avispa no fueran letales mediante la medicina, etc.) puedo escoger una solución un tanto drástica: matar a todas las avispas. Sin avispas, no hay picaduras de avispa. Una lógica sencilla que encierra algo atroz (la intención de hacer desaparecer una especie animal). Y sin embargo, esa atrocidad puede ser justificable, muchas personas pueden verse animadas por mi discurso racional a pensar que su odio tiene una razón de ser, que esa razón de ser es deseable y que los medios propuestos para alcanzarla (el exterminio) son factibles, razonables, justificables.

Imagen: Hacha de mango rojo, gastada, clavada sobre un tocón, fondo marrón.

El odio es una emoción que deriva del miedo y la ira, emociones primarias que casi todos los vertebrados sienten (eso creo, si no son casi todos, al menos una gran parte). El odio humano está sazonado además con algo de rencor, el recuerdo enquistado de que algo malo sucedió. Por no hablar de la proyección hacia el futuro que implica odiar algo; el odio, como sentimiento, perdura en el tiempo y en nuestra carne.

Quien conoce todo esto sobre el odio es capaz de manipularlo, ya sea un conocimiento meditado o intuitivo, ya sea una manipulación consciente o instintiva, casi automática. De hecho, es mucho más fácil manipular el odio si no somos conscientes de él, si lo disfrazamos con otras palabras, si engalanamos nuestro discurso de odio con palabras que suenan bien, lo entrelazamos con conceptos socialmente aprobados y satisfactorios. Es más, podemos encontrarnos que odiamos algo, o a alguien, o a un grupo de personas, y no sabemos muy bien por qué, de dónde nace ese odio, pero el odio no necesita que tú sepas que está ahí para ejercer su función primigenia: separarnos del objeto (o sujeto) que despierta nuestro odio. Y la forma más radical de separarnos de algo es eliminar ese algo, aunque no siempre es necesario llegar a ese extremo para realizar actos crueles, desmedidos e injustos.

Supongamos que la avispa tuviera una capacidad de odiar, o de razonar en general, de forma similar a la humana. ¿Su odio y el mío serían equiparables? Tal vez, pero lo que no sería equiparable es el poder de su odio frente al mío. desde casi cualquier perspectiva, yo tengo más poder que la avispa, soy mucho más grande y fuerte. Literalmente puedo aplastarla con una mano. Ella, aun con su capacidad para hacerme daño, no puede ejercer el mismo poder sobre mí que el que yo puedo ejercer sobre ella. Así que dependiendo de quién ejerza el odio, los efectos pueden ser muy dispares.

Dicen que lo contrario al odio es el amor, pero yo no lo creo. Lo contrario al odio es el respeto, desde mi punto de vista. No necesito amar algo para respetarlo, respetar su existencia. Y respetar su existencia implica que debo vivir en el mismo mundo y con condiciones análogas de dignidad y bienestar que aquello que respeto, algo que no tiene cabida cuando lo odiamos.

El odio es natural, como un huracán, el cólera o la explosión de un volcán. La caca es natural, tiene una función primordial para mantenernos con vida. Sin embargo eso no significa que yo vaya a comerme la caca de nadie, ni vaya a exponerme al cólera o zambullirme en lava ardiente. Que el odio sea natural no significa que no sea nuestra responsabilidad controlarlo. Permitir que campe a sus anchas, que se extienda, que acapare los medios, nuestros sentires, sin ningún sentido crítico sobre su origen, su verdad o su por qué, es una irresponsabilidad con consecuencias nefastas para nosotres mismes y el tipo de sociedad que queremos construir. Y eso por no hablar de las personas que alientan directamente el odio por sus propios pérfidos intereses, lo manejan a sabiendas de las posibles y probables consecuencias que traerá consigo.

Imagen: tres dedos acusadores señalan a un niño de espaldas con camisa a cuadros azules y rojos, fondo nuboso.

He divagado mucho y no sé si he transmitido lo que deseaba transmitir. Como he dicho, esto es una reflexión casi más para mí misma, nombrar (poner en palabras) lo que veo y lo que siento para poder entenderlo mejor. Creo que en algún momento haré una segunda parte sobre esto pues me he dejado muchas cosas en el tintero, como el proceso que se suele utilizar para conseguir que un grupo odie a otro grupo, el concepto de otredad, cómo se usa “lo desconocido” para atemorizarnos, cómo pueden utilizar nuestro miedo y nuestra rabia para dirigir nuestro odio, darle una vía de escape que puede sonar lógica pero que no hace justicia a la realidad. Pero hoy no puedo masticar más la noción de odio, se me hace bola, se me atasca en la garganta y llena mis ojos de lágrimas.

Ahora podéis sustituir en el texto la palabra avispa por cualquiera de esta lista: autista, disca, mena, negro, mora, gitana, sorde, pobre, puta, gay, trans, lesbiana, bi, raro, loca, extranjere,…

Gracias por leerme, nos vemos a la próxima.

(La imagen destacada del principio es una pintura abstracta de color verde con motas rojas)