Tengo pendiente escribir una entrada de agradecimiento a toda la gente que me apoyó y me ayudó cuando más lo necesitaba, y una reflexión sobre el poder del grupo, del colectivo, para lograr ejercer nuestros derechos. Vuelvo a tener reconocido el grado de discapacidad por lo que ya no veo peligrar (tanto) mi puesto de trabajo.

Sin embargo, esa entrada debe quedar pendiente para más adelante pues necesito sacarme de dentro otro tipo de texto, algo más sombrío.

Foto de ambiente sombrío, se ve una calle con niebla y una farola, árboles difusos de fondo, desolado

En marzo, mi mes más fatídico de lo que llevamos de año, recibí la noticia de que mi padre había muerto. Hacía dieciséis años que yo no sabía nada de mi padre, casi la mitad de mi vida. Pensaba en él a menudo, de hecho, alguna vez lo he mencionado en el blog. No sabía dónde vivía, con quién, si me echaba de menos, si pensaba en mí, en sus hijas.

Ahora ya lo sé, pero no por su boca. Él ya nunca podrá decirme nada, jamás. Creo que no quería, así que está bien así.

Tampoco quiero ahondar demasiado con esta entrada en mis contradictorios sentimientos paterno-filiales. En realidad, quiero reflexionar a través de la experiencia de mi padre sobre cómo el alcohol se lleva la vida de la gente, especialmente de las personas que están en los márgenes. Como de costumbre, me centraré en la casuística autista porque es la que me toca, pero creo que muchísima gente que no encaja en los estándares (neurodivergentes, discas, loques, racializades, pobres,…) es más susceptible que les normies, aquellas personas consideradas “normales”, las que protagonizan la mayoría de anuncios, de caer en problemas agudos con el alcohol y otras adicciones.

Tres botellas de vino sobre fondo negro.

Hablando con mi familia por parte de padre, familia que estaba en contacto con él y no conmigo, he confirmado lo que ya sospechaba: mi padre era autista. Me resultaba bastante evidente y, aún así, reconforta que otras personas lo corroboren.

Mi padre también era alcohólico. De hecho, esa ha sido la causa de su prematura muerte con sesenta y dos años. No sé cuándo empezó a beber pero sí sé que, como mínimo, su adicción se remonta a cuando yo era pequeña, muy pequeña, antes de nacer mi hermana.

Cráneo de calavera humana sobre fondo negro

Y puedo imaginar por qué. No puedo asegurarlo, claro, y ya nunca podré, pero estoy bastante convencida de los motivos por los que la bebida le resultaba tan atractiva a mi padre, un hombre autista que no sabía que lo era. Nunca lo supo, ni supo todo lo que ello implicaba.

¿Cómo un hombre que socializaba fatal, que le llamaban la atención en los ochenta por tener pluma, que tenía que trabajar de sol a sol y que a saber qué problemas sensoriales tenía podía llevar una vida soportable? Anestesiándose, claro.

El alcohol, al principio, te vuelve más “sociable” te permite disfrutar un poco más de la gente, suele atenuar las hipersensibilidades y hace que todo importe menos, un alivio para una mente abrumada. Recuerdo a mi padre casi siempre dormido. Se dormía con frecuencia en el sofá. No era un alcohólico agresivo, era uno ausente. ¿Cómo sobrevivir en este mundo caótico y sin sentido (desde una perspectiva autista) sin perder la cordura, sin sentir dolor y desesperanza a raudales? Mi padre encontró una solución: bebiendo.

Una fila de botellas y copas sobre fondo negro

Y me parece horrible.

Mucha gente no sabe lo peligroso que puede ser el alcohol, lo tenemos tan normalizado que no vemos las banderas rojas. ¿Cuántas personas autistas habrán muerto como mi padre, por culpa de una droga que les permitía sobrevivir sin dolor? El precio que ha pagado me parece muy alto. ¿Cuánta gente autista estará ahora mismo bebiendo, drogándose, sedándose, porque no es capaz de vivir de otro modo en este mundo que tanto dolor causa? Me parece un fracaso de sociedad, sinceramente. Podría hacerse mejor.

Y sé que no sólo la gente autista, pero ya me entendéis. Yo misma soy consciente de mi tendencia a la adicción. He encontrado en el arte, el activismo, la lectura, los gatos, el amor, formas de hacer más llevadero el dolor, de aligerar el alma por así decirlo. Pero también he bebido para socializar, y me he drogado para sentir esa despreocupación, que todo pierda importancia, incluso yo.

Bombilla roja sobre fondo oscuro

Pero ese no es el uso que debería darse a ese tipo de sustancias. Una cosa es hacer un uso puntual y recreativo del alcohol y otras drogas, y otra cosa muy diferente cómo se acaban empleando en tantos y tantos casos como formas de escapar de la angustia y el dolor, o simplemente como el único medio de aguantar un día más en el mundo. Incluso estamos haciendo eso con el café y los ibuprofenos, y a saber con qué más.

No sé cómo vamos a llegar a ancianes, ni si llegaremos. Mi padre no ha llegado. Tiene que haber una manera diferente de vivir, una manera diferente de hacer las cosas, de existir. Tiene que haberla, no sé qué será de la gente autista si no es así, no sé qué será de las personas en los márgenes si continuamos así. No sé qué será de la humanidad si no cambiamos.

Hasta la próxima