Hoy quiero hablar de mi experiencia con el trabajo.

Que el mundo desprecie los rasgos autistas, más viniendo de una mujer (y no quiero pensar si encima fuera racializada), dificulta enormemente tanto encontrar empleo, como mantenerlo y, desde luego, mantenerse sana en el proceso. Además he contado con el hándicap añadido de mi posición social: pobre. Las mujeres de mi familia sólo se han dedicado a limpiar para otras personas, tanto fuera de casa como en la suya propia. La primera machistada que voy a contar que ha influido en mi situación de pobreza es que, mientras los hombres de la familia podían, si querían, entrar a trabajar a una fábrica donde trabajaba mi tío desde los catorce años, a las mujeres se nos negó esa posibilidad. Así que ni mi madre (ni tampoco mi tía) pudieron escapar de la precariedad de la limpieza. Y estoy hablando de tiempos de antes de la crisis, muchos años atrás. Además, mi madre se divorció cuando yo tenía ocho años y nunca fue una buena gestora del dinero ni de las escasas oportunidades que le brindaba la vida.

La primera vez que yo trabajé fuera de casa por dinero fue cuidando a los niños de una señora rica para la que trabajaba mi madre. Estuve doce horas con ellos y me pagaron dos mil pesetas. Yo tenía doce años. Afortunadamente no tuve que volver a hacerlo. Fue algo puntual.

Con dieciocho años mi madre vino a casa un día y me dijo: vas a trabajar en el videoclub que hay al lado de casa, y me pagarás 30€ a la semana de tu sueldo (el sueldo eran 50€ a la semana, 4€ la hora, sin contrato por supuesto). Así que entre semana iba a la universidad (con beca, claro) y los sábados por la tarde y domingos todo el día lo pasaba en el videoclub. Recuerdo que el dueño me odiaba, no sé bien por qué, pero como apenas nos teníamos que ver (venía sólo unos minutos a controlarme y ver cuánta caja se había hecho) creo que le daba pereza buscarse a otra. No sé a qué se debía esa animadversión hacia mí, de hecho, si no me lo hubiera comentado mi compañera, puede que no me hubiera percatado. Al fin y al cabo, lo normal era que la gente fuera antipática conmigo, salvo honrosas excepciones.

Al cabo de un año el videoclub se fue a la mierda, como el 99% de los videoclubs, y tuve que buscarme otro trabajo. No fue difícil, no en aquella época. Estuve de camarera en un Foster. Ahí aprendí que la hostelería es un infierno y si eres autista todavía más. Todo parece pensado para ir contra la naturaleza autista. Los ruidos, los gritos, el estrés, la falta de anticipación (sabía a qué hora entraba, pero no a la que salía), atender al público, que entonces era numerosísimo (la gente hacía cola de dos horas para entrar a cenar, sin exagerar). Acabé colapsando de mala manera. De muy mala manera. Y encima me sentí inútil, un despojo, incapaz de hacer un mínimo esfuerzo. Perdí también la beca y el curso.

Al cabo de bastante tiempo me recuperé lo suficiente para volver a intentar hacer vida normal y productiva. También necesitaba dinero con urgencia. El trabajo sexual y la donación de óvulos eran opciones que barajaba, y no como meros pensamientos, llegué a tener el contrato físico en mi mano para trabajar como operadora de línea caliente (erótica), y también hice la entrevista en el instituto de fertilidad para ser candidata a donar óvulos, aunque nunca me llamaron (nadie quiso mis genes, y eso que por entonces no sabía que era autista).

Pero fui encadenando trabajos más comunes. En una empresa de conserjería iba haciendo sustituciones de aquí a allá, probablemente sea de los trabajos que más he disfrutado (trabajé en teatros, bibliotecas y sitios que me gustaron bastante). Pero no me proporcionaba estabilidad ninguna. Este trabajo lo conseguí gracias a un contacto. Este contacto lo hice gracias a la presentación de un libro que escribí en aquella época y por el que me estafaron vilmente. Pero bueno, eso es otra historia. Y mientras estuve en ese trabajo, me llamaron la atención alguna que otra vez. La principal fue por llevar el uniforme desastrado, lleno de pelos de gato. Intenté cuidar más mi aspecto, pero…

Bueno, conseguí otro trabajo a jornada completa, más estable. Por supuesto, también fue por un contacto. Sin contactos es muy jodido entrar en el mundo laboral, por si os quedaba alguna duda. Yo me pateaba tiendas y tiendas y ETTs para dejar mi CV y no me llamaban ni para hacerme una entrevista. Y pateaba muchísimo. Pero entonces recordé que mi padre tenía un primo al que yo había visto tres veces en toda mi vida que estaba de encargado en una zapatería de un centro comercial. Y sí, ahí me cogieron. Seis meses de infierno. Me comí Navidades y rebajas, por un sueldo irrisorio (entonces el salario mínimo eran poco más de seiscientos euros). Y, además, uno de los jefes me pilló una manía terrible. Al parecer, no me maquillaba como querían que me maquillase (con base y toda la parafernalia) ni llevaba bien el uniforme (que era una camiseta y unos vaqueros negros, los vaqueros los tenía que poner yo). Pues los vaqueros no eran del tono de negro adecuado. Y además en vez de cinturón solía llevar tirantes por aquella época porque me resultaba más cómodo, y tampoco estaba bien visto. Total, que mientras renovaban a prácticamente todas mis compañeras, a mí me dijeron que adiós muy buenas.

No me importó. De hecho me alegré. Odiaba aquello, odiaba tener siempre la sensación de que me iban a apuñalar por la espalda (en sentido metafórico), de no entender qué se esperaba de mí, de que fueran tan vagos en sus directrices (la iniciativa debía nacer de mí, eso me decían). Estaba harta de que trabajar lo mejor que podía, ser amable con todo el mundo y atender bien al público no fuera suficiente. En cualquier caso, iba a empezar las prácticas en banca, prácticas remuneradas (500€ al mes). Me había matriculado a propósito para acceder a esas prácticas y tener esa oportunidad laboral, sabiendo que no podría sacarme el curso en sí, que el dinero de la matrícula sería dinero perdido. Tras seis meses de prácticas me fueron haciendo contratos de dos meses. La forma de proceder era cruel, pues no sabía si me iban a volver a coger hasta que no llevaba unos días parada. Hasta que después de un año dándolo todo y haciendo cosas que no me gustaban (la venta es despiadada) no volvieron a llamarme. Debería haberlo imaginado, pero la esperanza es muy puñetera. En este trabajo me enteré de cosas, de cómo funcionaba el mundo y de cómo era la gente en su faceta ambiciosa. Bastante deprimente todo. Yo jamás encajaría ahí.

Otro empleo en el que estuve bastante tiempo y me torturó el alma fue cuando era teleoperadora. De hecho, cuando empecé a escribir el blog era el empleo que tenía, si no recuerdo mal. Tenía migrañas, ansiedad, lloraba a diario, se me iba la cabeza, entraba en mutismo,… Y para colmo me manipulaban y maltrataban (una persona en concreto, la cual creía amiga). Y sí, en esta empresa también entré por un contacto, la amiga de una amiga trabajaba allí.

Y mi empleo actual… Bueno, pues estoy de baja. Me dio una crisis de pánico en plena jornada y tras eso se me ha instalado un dolor de espalda terrible que no me deja ni siquiera dormir. Era un buen trabajo, al principio estaba bastante bien (para ser trabajo). Pero más o menos desde que empezó la pandemia la cosa ha empeorado considerablemente. Con la excusa de la falta de clientes se ha reducido el personal, que no las tareas, que nos hemos tenido que repartir entre los de abajo. Me he forzado hasta llegar al límite y un poco más allá. Y me he roto. Y estoy rabiosa porque no tendría por qué ser así. Se podrían haber arreglado las cosas de otra forma. Pero la salida que toman siempre las empresas, de manera invariable, ante la más mínima oportunidad, es aumentar la explotación que impone a sus trabajadores. Siento cómo el mundo laboral me fagocita y destroza. Y poco puedo hacer para evitarlo ya que, para mi desgracia, el dinero es fundamental para sobrevivir, para tener techo, cobijo, comida, agua caliente,… Y mi única forma de obtener dinero es a través de mi propio trabajo. Es el mercado, amigos. Estoy cansada y dolorida. Y aún pienso que debo dar gracias, porque he conseguido ir saliendo adelante, obteniendo trabajos precarios a cambio de mi salud. No toda la gente autista y discapacitada puede decir lo mismo. Porque si es horrible trabajar (básicamente es esclavitud encubierta), más horrible es no tener independencia económica y tener que depender de otras personas, que tomarán decisiones por ti, que no te permitirán tener agencia ni autonomía, incluso las más benévolas. Siento que me haya quedado una entrada tan deprimente. Ojalá las cosas cambien a mejor. Tienen que hacerlo, ¿verdad?

Hasta la próxima.