A las personas autistas adultas se nos echa en cara que no somos como les niñes autistas que suelen visibilizarse. ¿Acaso los adultos neurotípicos se comportan igual que la infancia NT? En el imaginario colectivo, las personas autistas no tenemos derecho a crecer, ni a aprender, sólo se nos impone el fingir que somos NT y, una vez alcanzada esa meta, que ni siquiera suele ser deseo nuestro, es como si dejáramos de ser autistas. Es lo que suelen confundir con recuperación, o cura. Nada más lejos de la verdad. Aunque es una verdad que, no sé por qué razón, no se suele aceptar, ni creer, ni respetar.

El autismo no es algo a curar ni algo de lo que alguien pueda recuperarse. Simplificando mucho, hay dos formas de afrontarlo: o el enmascaramiento, que consiste en fingir y actuar de la forma más neurotípica posible (algunas técnicas al respecto las considero como terapias de conversión). La otra forma es aprender a ser autista en este mundo narcisista y NT sin que duela demasiado. Esta segunda forma no está muy extendida, pero sólo de momento, ya que muchos progenitores autistas (y no sólo autistas) tienen hijes autistas y quieren educarles como lo que son, y eso no significa renunciar al aprendizaje ni al crecimiento personal de sus criaturas.

De niña no me comportaba de la forma en que me comporto ahora con treinta y cinco años. Cuando era niña no sabía pronunciar la letra R, me quedaba enmimismada con mucha más frecuencia que ahora, y de forma más profunda. Me costaba atender por mi nombre, no por desobediencia (ojalá) sino porque mi atención sólo podía centrarse en lo que estuviera haciendo en ese momento.

Al ir por la calle metía la mano en los cochecitos de bebé para tocarles las orejas. Sin preguntar ni pedir permiso ni plantearme si estaba bien o mal. Jugaba con caracoles y hormigas. Me pasaba horas observando a los bichitos. Muchas horas. Recuerdo que mi familia no tenía problema en quedarse conmigo para cuidarme porque apenas hablaba, no molestaba, me entretenía yo sola. Necesitaba ayuda para hacer caca eso sí, me hacía falta que alguien me cogiera de la mano para poder hacer fuerza.

En mi primer colegio no me relacioné demasiado con mis compañeros, creo, aunque tampoco recuerdo llevarme mal. Recortaba fotos de revistas de chicas en distintas fases de desnudez (casi todo anuncios) y las vendía en el recreo. Era una niña de negocios, muy amoral. La mayoría de las veces no entendía las instrucciones que me daban les adultes (ni tampoco otres niñes).

La mayoría de la ropa era horrible. Apretaba, era áspera e incómoda. Hacía que estuviera de mal humor gran parte del tiempo. Apenas me gustaban un puñado de alimentos. Dormía fatal, pasaba muchas noches en vela, afortunadamente sabía leer y me encantaba. No sabía pedir ayuda. No sabía que la gente era distinta a mí y que podía tener su propia forma de percibir el mundo y, por tanto, de relacionarse en él. Aprendí a ser invisible, o eso me creía al menos.

Llegué a tener más de cien ponis, también más de cien coches miniatura. Las miniaturas me apasionaban. Me gustaban los anuncios de juguetes, tenía una cinta grabada que veía una y otra y otra y otra vez. Me gustaba cantar, mucho más que hablar, aunque farfullaba para mí misma. Me gustaba descubrir las cosas por mi cuenta. Me obsesionaba con algunas personas, las hacía sentir incómodas (seguro) con mi intensa mirada y mi persecución constante. También me pasaba con personajes ficticios, pero eso no planteaba demasiados problemas, creo.

Sentía mucha ansiedad ante todo lo que no podía anticipar o controlar. Con nueve o diez años hacía todos los ejercicios de los libros del cole por si preguntaban al día siguiente. Necesitaba estar preparada. No podían pillarme desprevenida o pasaría algo horrible. Así lo sentía. Por aquel entonces no recuerdo que me molestasen los ruidos, no como me ocurre ahora, pero llevaba mucho peor el tema de las texturas, tanto en la piel como en la lengua. Y los olores.

El día de mi comunión, mientras el cura hablaba, me quedé tan empanada con mis propios pensamientos que me llamaron varias veces y no me enteré. Creo que la gente se preocupó incluso, todo el mundo me miraba y el cura me preguntó si me encontraba bien. Sentí mucha vergüenza e hice como si no hubiese ocurrido nada. Era una respuesta frecuente, cuando no sabía cómo enfrentarme a un conflicto, hacía como si no existiera, lo evitaba, lo ignoraba, y seguía haciendo el plan que tenía marcado en la cabeza.

Me movía de manera torpe, chocaba y me caía, me regañaban por arrastrar siempre los pies, por poner mala postura al caminar y al sentarme. Nunca aprendí a hacer el pino, aunque toda mi clase aprendió (salvo la que era mi mejor amiga, que imagino que era autista también).

Miro al pasado, a la niña que fui y me siento orgullosa de lo mucho que ha crecido y aprendido. Me he preocupado de intentar ser mejor persona, una más considerada. También he aprendido a defenderme y ser más asertiva. La adultez me llegó, como le llega a todo el mundo que vive lo suficiente. Lo quieras o no, las lecciones te llegan y sacas lo que puedas de ellas.

Lo que quiero decir, en resumen, es que las personas autistas crecemos, aprendemos, incluso sin “terapias”, incluso si el resto del mundo cree que no podemos hacerlo. Y crecer no significa dejar de ser autista, significa que, o hemos aprendido a camuflarnos (mejor o peor), o hemos aprendido a cómo ser nosotres mismes sin que duela demasiado.

Gracias por leerme, hasta la próxima.