La entrada al 2021 está siendo tremenda, muy intensa, y aunque no todo es terrible, las malas noticias se acumulan como la nieve en gran parte del país. No hace falta tener mucha astucia para vaticinar que, antes de sentir alivio, vamos a pasar unas semanas realmente duras, con muchos contagios y demasiadas muertes. Así que hoy me apetece darle un poco de calor al corazón y contar una historia bonita, tierna, algo suave y agradable.

A mucha gente autista se le dice que no encontrarán pareja a pesar de ser su deseo, incluso se les comunica de forma trágica a las madres y padres de criaturas autistas que no han alcanzado ni la pubertad. Pero esto no es cierto. Encontrar pareja puede ser más o menos complicado dependiendo de muchos factores, no tengo claro que el autismo en concreto sea uno aunque tampoco me sorprendería. Pero el caso es que muchas personas autistas encontramos el amor. Además un amor bueno, del que te hace crecer y sentirte a salvo, en casa. Hoy os quiero contar la historia de cómo conocí a Jv, mi marido.

Yo tenía 26 años, ya casi 27. Acababa de salir de una relación espantosa, larguísima, horrible, con maltrato incluido. La verdad es que no tenía ningún interés en buscar otra pareja, mucho menos otro hombre (soy bi y en aquel momento traumático no deseaba relacionarme en un plano afectivo con hombres). Pero claro, una cosa es lo que quieres o lo que esperas y otra muy distinta lo que la vida te pone por delante.

Una amiga me invitó a ir con ella y otras amistades a un evento de rol, manga, fantasía, juegos de mesa,… Nos quedaríamos todo el sábado, dormiríamos en tiendas de campaña en el propio recinto, al aire libre, y el domingo después de comer de vuelta a casa. Al principio no pensaba ir porque acababa de adoptar a un gatete (Goku) y no quería dejarlo solo en casa. Pero al final me dejé convencer. También es cierto que necesitaba distraerme y socializar un poco.

Era agosto y hacía un calor del demonio. Odio el calor, así que mi humor era mejorable en cualquier caso. Me encontraba a mediodía bajo un toldo que apenas tapaba el sol, sudando por todos los costados, con gafas de sol y un abanico. Estaba ya en el recinto del evento, en un espacio reservado para nuestra asociación (ya no está operativa) y mi amiga me había dicho que de nuestro grupo sólo faltaban por llegar un par de chicos que yo aún no conocía (no había coincidido con ellos en ninguna quedada de la asociación ni ningún evento ni nada).

A mediodía, cuando más torro caía, mi amiga señaló a lo lejos y exclamó:

—Mira, esos son.

Vale, no quiero parecer superficial pero… Es que uno de ellos era totalmente mi tipo. De pronto mi ánimo cambió y pensé que el fin de semana acababa de ponerse interesante. Qué puedo decir, no estoy orgullosa de que mi líbido me maneje así pero debo asumir la realidad. En verdad, desde lejos, tenía cara de antipático, se notaba que no quería estar ahí, se le veía agobiado. El caso es que cuando al final se acercaron para sentarse a nuestra mesa, el chaval en el que me había fijado me vio por primera vez y su cara cambió por completo. Una sonrisa súper dulce apareció en ese rostro antes ceñudo. Yo también sonreí porque se me subió el engreimiento. Recuerdo lo pava que era y siento entre vergüenza y nostalgia. En fin, prosigo.

Una cosa que suele pasar es que una persona que te parece atractiva deja de gustarte cuando abre la boca. Bueno, no ocurrió. Fue todo lo contrario. ¡Todo lo que decía estaba dentro de mis intereses especiales! Cifi y animación sobretodo, y nuestras opiniones eran similares en muchos de esos temas. Estaba fascinada. Además el chico tenía una voz muy seductora y un aire un pelín arrogante que personalmente me atrae, me fastidia que me atraiga ese rasgo pero una vez más debo aceptar la realidad.

El caso es que yo había notado cierta atracción por su parte. Para ser honesta, no fui la única en notarlo, todo nuestro grupo fue testigo de aquello, así que fueron bastante cómplices. Por la noche, por ejemplo, dio la “casualidad” que todos fueron a buscar algo de cenar menos nosotros dos, que teníamos que vigilar la mesa con nuestras cosas. Así que nos quedamos un rato a solas. Él hablaba mucho (yo suelo ser más callada en sitios así porque me saturo un poco por la gente y el ruido y el cansancio). Como al parecer mi feedback era escaso, en un momento dado me preguntó:

—Oye, ¿te estoy aburriendo?

—Para nada —contesté —, si me aburriera estaría mirando el móvil —dije, con total sinceridad. A mí me parecía obvio que estaba mostrando interés. A él le hizo gracia mi respuesta aunque creo que le descolocó un poco, cosa que provocó que yo le atrajese aún más aunque le cueste reconocerlo.

En otro momento, no sé si antes o después, ocurrió algo que llamamos el incidente de la valla, un suceso determinante según Jv pues fue el momento en el que se quedó definitivamente prendado. Para mí, en cambio, fue algo de lo más vergonzoso y humillante y si me hubiera tragado la tierra en aquel instante hubiera sido un alivio. Como Jv y su primo habían llegado más tarde que el resto, no sabían dónde se encontraba la zona de acampada, así que me ofrecí a acompañarles (y de paso seguir hablando con ese chico tan guapo e interesante que me empezaba a hacer tilín). En cierto momento nos hallamos frente a una encrucijada y me dijeron ¿seguro que es por aquí? Yo estaba convencida de que sí, al principio. Después de un buen rato caminando vimos al fin el lugar donde se acampaba. El problema era que nos encontrábamos al otro lado de una valla altísima (imposible de saltar). Para rodearla, debíamos desandar casi todo el camino hecho, que era un buen trecho.

—Esta valla no estaba antes aquí —dije, muerta de vergüenza, realmente desconcertada ante la repentina aparición de aquella inoportuna valla que me hacía quedar fatal ante el chico que me gustaba y su primo. Me había equivocado de camino y encima no había sido capaz de admitirlo. ¿Podría haber hecho más el ridículo? Seguramente, pero con esa dosis de humillación ya iba bien servida. Ni qué decir tiene que estuvieron partiéndose de risa, no tanto por mi equivocación en cuanto al recorrido a seguir sino por haber soltado la frase “esta valla no estaba antes aquí” con indignación, como si de verdad hubiera venido alguien a colocar metros y metros y metros de una valla altísima sólo para hacerme quedar mal. Por alguna razón, a Jv aquello le hizo tanta gracia que se enamoró de mí (ya sabéis, el enamoramiento ese que precede a veces al auténtico amor cuando se cuida como toca).

Total que se hizo de noche y nos fuimos a dormir, cada cual en su tienda de campaña. Dormí poco y muy mal, como ya me esperaba, y fui muchas veces al baño, algo bastante habitual en mí pero que resultaba bastante molesto ya que los aseos estaban bastante lejos. Aún así, yo guardaba la esperanza de cruzarme en algún momento de la noche con Jv para estar más rato con él a solas. No fue el caso. A la mañana siguiente me levanté tempranísimo, incapaz de seguir durmiendo, y tras comprobar que no había abierto ninguna cafetería en los alrededores, decidí esperar junto a los baños a que alguien más se despertara. El primero en aparecer fue el primo de Jv, aunque curiosamente, ni diez minutos después vino el propio Jv, tan guapo como lo recordaba del día antes. A ver, no fue casualidad, al primo le faltó tiempo al regresar a la tienda para avisar a Jv de que yo estaba fumando junto a los baños. Pasamos mucho rato juntos. De hecho había que ir al Mercadona a reponer víveres y me ofrecí a acompañarles en el coche (no os subáis como yo a coches de desconocidos tan alegremente como yo, era una inconsciente).

El caso es que cuando me gusta una persona, no necesariamente en el plano romántico o erótico, me gusta tocar a esa persona. No suelo tener contacto físico con la gente, lo evito bastante, a veces quedo como una energúmena por apartarme de forma abrupta antes la insinuación de un contacto no solicitado. Por contra, con ciertas personas, me reconforta notar su corporeidad. Con Jv me ocurría (y me sigue ocurriendo), pero no tenía yo la confianza para darle un abrazo por ejemplo. Sé que otras personas entran en contacto con la gente de forma espontánea y natural pero yo no soy así, para nada, en absoluto. Así que buscaba formas de que nuestras manos se rozaran, o nuestras piernas al sentarnos y cosas así de cursis. Debió de ser muy sutil porque nadie se percató de ello. O puede que la peña NT esté tan familiarizada con el contacto físico que lo que para mí era todo un mundo, para los demás era insignificante.

Fuimos a comer todo el grupo a un cien montaditos o algo así. El evento había terminado (o por lo menos había terminado para nosotros, que ya habíamos recogido y sacado los coches) y era el momento de despedirse, pero siempre es mejor despedirse con el estómago lleno. Yo me senté de las primeras a la mesa y obviamente deseaba que Jv se sentara a mi lado, pero como no quería que se notara demasiado que él me gustaba, no le guardé el sitio. Él tardó un poco más (no recuerdo por qué) y aunque intentó sentarse a mi lado, en plan, venga, hacedme hueco aquí junto a Montse aunque hay sitios libres en el otro extremo de la mesa. No coló, y no faltó el gracioso que le dijo que ya tendría luego tiempo de ligotear pero que ahora tocaba comer y que se sentara en el sitio libre. Me hizo gracia que se quedara tan expuesto, la verdad. Me sentía un poco menos fatal por el incidente de la valla. Mi vergüenza se había visto levemente aliviada gracias a que la suya se había incrementado.

Finalmente, él se ofreció a llevarme en coche a mi casa, cosa que me venía súper bien por otra parte. Quedamos para vernos esa misma semana y bueno, llevamos juntos desde entonces. Puede que otro día os cuente cómo fue el inicio de nuestra relación, ya que mi intensidad por un nuevo interés, en este caso romántico, se me fue un pelín de las manos y os puede resultar divertido.

Espero que os haya gustado esta entrada, y si ya había contado esta historia perdonadme por repetirla, me alegra en momentos difíciles como el que vive el mundo ahora mismo.

Hasta la próxima.