Uno de los prejuicios extendidos sobre la gente autista es que somos personas violentas. Es verdad que es un prejuicio que mucha gente, incluso profesionales, lucha activamente por desterrar. Por desgracia este nocivo prejuicio, extendido en realidad a todo el colectivo loco y/o neurodivergente, como prefiráis denominaros (yo prefiero llamarme loca, es más contundente y breve, pero ND me gusta también), es muy muy muy complicado de erradicar. Está muy arraigado en nuestra cultura. Mirad si no algunos ejemplos de búsquedas en Google al respecto:

Dada esta percepción que se tiene sobre el autismo, una percepción que han tenido sobre mí a lo largo de mi vida (mucho antes de que nadie supiera que era autista), decidí analizarme para valorar si yo soy o no una persona agresiva y violenta.

Esto es difícil ya que lo que se considera violento cambia bastante según el punto de vista desde el que se observe y, por tanto, nunca he podido aprender qué es violento de forma objetiva, probablemente porque no exista objetividad en este asunto. La percepción de la violencia es subjetiva, y en el caso del autismo, con nuestras particularidades sensoriales, esta subjetividad es muy diversa.

El primer acto violento que recuerdo haber cometido fue de muy pequeña. Es un recuerdo borroso en la memoria. No tendría más de cinco o seis años y en el patio del colegio vi a un niño de mi clase metiéndose con una niña más pequeña que yo. Me entró mucha rabia por dentro y fui y le metí un puñetazo en el ojo. No sé si intenté hablar con él previamente y buscar una solución pacífica.

Mi madre me achacaba mucho que respondiera con violencia. Las situaciones eran muy parecidas siempre. Mi madre me chinchaba de alguna forma, gastándome bromas por ejemplo (odiaba las bromas, no las entendía en absoluto) y cuando ya no podía soportar ni una broma más, o ni un toquecito en el brazo más, o que moviera la hoja donde estaba dibujando ni una vez más, explotaba de ira. Creo que nunca llegué a agredirla directamente, le tenía demasiado miedo, pero chillaba o lloraba y rompía lo que tuviera entre las manos, o daba puñetazos a un peluche y cosas así. Entonces ella se enfadaba conmigo, me llamaba exagerada además por montar tanto drama. Y yo me sentía fatal por actuar con tanta agresividad.

En el colegio, un poco más mayor, con diez años o así, me llevaba un punzón conmigo para pinchar a cualquiera que se metiera conmigo. No es que lo clavara ni atravesara la piel ni nada de eso, pero sí, hacía daño con él a quien trataba de herir mis sentimientos. La profesora, cuando me descubrió, me lo confiscó aterrada diciéndome que aquello era un arma. Nunca lo empleé de otra forma que no fuera reactiva, claro que probablemente fuera una reacción desproporcionada.

Al llegar al instituto ya tenía fama de loca y violenta, creo, o puede que esa fama se extendiera tras un par de años en el instituto. El caso es que no era una de esas personas que hacían bullying, al contrario. Jamás inicié una acción violenta contra nadie, que yo recuerde. Pero sí es verdad que una vez una chavala, con fama de chunga (más que yo), me cogió de una trenza y respondí con bastante agresividad, le empujé la mano y le chillé. Me dejó en paz.

Al borde de mi peor burnout mi humor empeoró. Iba por la calle, tenía veinte años, y un señor desde dentro de un coche me pidió un cigarro y le dije que no. Mientras se iba me insultó y yo corrí tras el coche y le pegué una patada (al coche). Se fue y me quedé en la calle, gritando e insultando a aquel elemento.

Mi madre, que iba conmigo, se quedó de piedra. Creo que me tuvo miedo.

¿Cuánta gente me habrá tenido miedo? ¿Y de qué tendrá miedo, de mí, de lo que puedo llegar a hacer, o de mi reacción? Porque si es de lo segundo, me alegro. Porque una reacción requiere una acción previa que la provoque, y si bien no todas las acciones justifican una reacción violenta (los celos por ejemplo), en mi caso particular y echando la vista atrás, creo que mis reacciones fueron siempre lógicas, naturales dadas las circunstancias. En algunos casos puede que desproporcionadas, en otros puede que demasiado comedidas.

Comparándola con otras violencias que he visto y vivido, me parecen cosas muy diferentes. Me refiero a que hay una clara diferencia entre quien ataca, porque sí, porque le divierte, porque quiere sacar provecho de una situación, y quien reacciona a esa violencia inicial de forma más o menos agresiva, por autodefensa o como simple explosión incontrolable.

Pretender que una tetera que se coloca en el fuego, incluso en uno lento, va a poder contener el agua que tarde o temprano bullirá en su interior y que silenciará su silbido no sólo es ridículo, también me parece violento. Puede que una violencia menos explícita, más sutil y no por ello menos perniciosa.

A las personas autistas (y a las locas) nos acusan de violentas, pero de momento es muy poca la gente que se detiene a averiguar el origen de esa “violencia”, si es que de verdad se le puede llamar así a gran parte de nuestras reacciones.

Lo que se esperaba de mí en la mayoría de estas situaciones que me dañaban es que me quedara callada, impasible, que aguantara con estoicismo sin quejarme, sin protestar, sin cuestionar el status quo que permitía que las personas que me agredían con impunidad, pudieran seguir haciéndolo. Y por supuesto, esas agresiones no se consideraban violencia, no en la mayoría de los casos ya que, quien tiene poder sobre ti, tiene recursos legitimados socialmente para hacerte daño.

En resumen: me fastidia y horroriza que en general sólo se consideren violencia las reacciones lógicas y naturales de gente a la que están jodiendo y no a las acciones que originan esas reacciones. (Eso sí, para justificar ciertas actitudes nocivas bien que se utiliza ese recurso, como cuando se exculpa al maltratador que pega una paliza a la pareja porque se ha puesto celoso. Para esos casos sí que hay excusa, qué oportuno).

En fin, ojalá esto vaya cambiando.