A día de hoy, no tengo ni idea de lo que es “inteligencia emocional” y lo que significa cuando la gente habla de ella. Sí, he leído la definición algunas veces, pero es un concepto que no logro aprehender en mi cerebro. Lo que sí os puedo comentar es cómo he percibido que el mundo neurotípico (NT) ha tratado de proporcionarme lo que consideran una educación emocional para una correcta gestión de mis emociones.

De pequeña no sabía que era autista, o más bien no sabía englobar en esta palabra todas y cada una de las características que me hacían tan peculiar con respecto al resto. Pero que no lo supiera, que no tuviera un diagnóstico, y que tampoco lo tuvieran mis padres no me convertía en menos autista. Y, como por desgracia sigue ocurriendo hoy en día a pesar de que la información es mayor y mejor, lo que se pretendía de mí es que fuera “normal”. En el tema de las emociones no iba a ser menos.

La primera palabra que me viene a la mente cuando pienso en mis emociones y cómo suelen ser interpretadas es: EXAGERADA. Me la llevan repitiendo desde que tengo memoria.

Recuerdo enfadarme y frustrarme mucho con un juego llamado Tozudo (creo que lo he mencionado alguna vez) y el único consuelo que recibía tras colapsar de rabia eran palabras como: exageras un poco ¿no?, es sólo un juego. Lo de “es sólo un juego” me lo decían con cualquier juego competitivo en el que me obligaban a participar y perdía (claro que perdía, una persona lenta como yo, que necesita su tiempo para pensar y reaccionar… No está hecha para ganar en los juegos NT). Hoy por hoy no soy capaz de jugar a nada de forma competitiva o cooperativa, salvo pocas excepciones en situaciones excepcionales con gente excepcional.

Recuerdo también que si me regañaban o cometía algún error la impotencia se volvía abrumadora, me consideraba un absoluto fracaso, y las lágrimas se volvían irremediables. La respuesta típica a esta reacción, considerada desproporcionada, era: ¿encima lloras después de lo que has hecho? No deberías llorar. Y así, poco a poco, fui reprimiendo mi llanto, porque no estaba bien visto, porque era penalizado.

No recuerdo muchos momentos de alegría en mi infancia, así que no puedo decir qué me enseñaron al respecto sobre mostrar mi alegría, pero sí he visto cómo a otres niñes autistas les intentan reprimir sus stims (estereotipias) inocuas que expresan felicidad: pueden ser aleteos, dar vueltas, balancearse, tararear, bailar,…

Así que lo que he ido aprendiendo al crecer es que mi forma de mostrar mis emociones está mal, y no sólo eso, sino que mis emociones mismas son erróneas. Por ejemplo, si yo decía que algo me hacía daño (emocional), me ponía triste o me irritaba, la respuesta habitual, cuando la recibía en vez de ser ignorada, era que no podía ser. Sencillamente, no era posible que dicha circunstancia despertara en mí esas emociones y menos con semejante intensidad. (Si os parece que esto es hacer luz de gas es porque lo es).

Así que las conclusiones que extraje de mi experiencia con respecto a la educación emocional fueron:

  • Mis emociones no son reales o están equivocadas.
  • Expresar mis emociones está mal.
  • Debo reprimir tanto mis emociones como las conductas asociadas a ellas.

Luego, las mismas personas que criticaron mis explosiones, mi vehemencia, mi sentir, fueron las que me echaron en cara, al hacerme mayor, mi semejanza con un robot sin sentimientos. Se me ha acusado de tener el corazón de hielo, de ser una psicópata (ojalá no sentir culpa), de tener cara de póker y permanecer impasible. Quien me conoce un poco sabe que nada más lejos de la verdad. Yo sigo siendo esa persona sensible, que llora a la mínima, se frustra, se enfada, que vuela cuando está alegre y se hunde en un pozo de miseria cuando está triste. Lo que ocurre es que me cuido mucho, pero mucho mucho, de mostrarme tal cual al mundo, sin mi máscara de mediocridad normalidad. Porque al parecer lo normal es no enseñar ningún atisbo de humanidad ante el resto de personas, menos todavía las que puedan mostrar a un ser vulnerable.

Creo que deberíamos recapacitar sobre qué lecciones estamos enseñando a las nuevas generaciones, no sólo con nuestras palabras, sino con nuestros actos.

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