He escrito una fábula sobre el maltrato a les hijes. No tiene que ver con el autismo de forma directa pero dado que les hijes autistas tienen mayor probabilidad de ser maltratades, y dado que el mayor índice de maltrato en el autismo y la discapacidad es una realidad, puede que indirectamente sí tenga alguna relación. Sea como fuere, quería compartir aquí esta fábula.

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Había una vez una pequeña poni encerrada en una jaula, con una poni aún más pequeña. Como la poni había nacido y crecido en la jaula no sabía que estaba en una. Ella la consideraba su hogar, claro que para ella su hogar no era un lugar feliz, ni confortable, ni seguro. No del todo. A veces, casi para nada. En cualquier caso, era cuanto conocía.

Tanto las ponis como la jaula eran realmente pequeñas, así que sus cuidadores, que también eran sus dueños, podían llevarse consigo a las ponis en su jaula allá donde fueren, y dejarlas en cualquier lugar sin miedo a perderlas.

¿Y quién se ocupaba de dar de comer a las ponis y mantener más o menos segura la jaula?, tal vez os preguntéis.

Pues estaba el Señor Mono. El Señor Mono pasaba casi todo el tiempo durmiendo, pero cuando despertaba preparaba las mejores patatas fritas del mundo, veía dibujos animados con las ponis y las llevaba a la playa para que trotaran y se remojaran en el mar. El Señor Mono era agradable y divertido, pero a veces hacía daño a las ponis, porque las olvidaba o decía cosas feas sobre ellas. Un día el Señor Mono desapareció y las ponis no volvieron a saber de él, ni lo volvieron a ver. Se quedaron solas con Doña Serpiente.

Doña Serpiente quería a las ponis, lo que no quiere decir que las amara. Las ponis estaban en una jaula porque Doña Serpiente así lo había dispuesto. Quería tenerlas siempre a su disposición. Le gustaba verlas y saber que estarían allí siempre que le placiera pues la misión de las ponis era, según Doña Serpiente, hacerla siempre feliz y cumplir sus deseos.

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Así, la poni grande trataba de cuidar y proteger a la poni más pequeña, ycontarle cuentos para que olvidara la jaula y los dientes de la serpiente, y su afilada y venenosa lengua.

Hacer feliz a Doña Serpiente era una tarea titánica y peligrosa. La poni mayor trataba de mantener la jaula limpia, ordenada, sin un papel fuera de su sitio, y al mismo tiempo fingir que no era una jaula. También se encargaba de preparar la comida a su hermana poni y a Doña Serpiente, que no siempre tenía hambre de comida pero sí de atención.

Doña Serpiente a veces rodeaba con su huesudo y frío cuerpo a las ponis, para abrazarlas, aunque más bien las asfixiaba. Puede que no fuera la intención de Doña Serpiente, pero tampoco parecía importarle nada hacer daño con sus muestras de cariño. Doña Serpiente les mordía sus preciosas cabecitas para inocularles su agridulce veneno, un veneno que ellas tomaban como si fuera amor y afecto, algo que anhelaban con fervor. Por desgracia nunca sabían qué podía hacer enfadar a Doña Serpiente, y cuando se enfadaba hacía sonar su cascabel y ocurrían cosas terribles. Podía hacer que la jaula fuera más pequeña y agobiante, dejarlas a oscuras, aterradas, decirles cosas horribles, abandonarlas y aislarlas.

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Las ponis se sentían terriblemente solas y desamparadas. A pesar de eso, se tenían la una a la otra y eso les daba fuerzas. Conforme crecían, la jaula, cada vez más oxidada, se les hacía más y más limitada. La poni mayor se atrevía, de vez en cuando, a dar una coz a la puerta de la jaula, dejarla entreabierta, escapar durante un rato mientras Doña Serpiente no miraba. Pero siempre volvía, porque la jaula se había adueñado de ella y porque tampoco iba a abandonar a su hermana poni.

Doña Serpiente era cada vez menos feliz, y eso le enfadaba, porque las que debían encargarse de hacerla feliz, sus prisioneras, no estaban cumpliendo con la tarea que les había asignado.

Un día, las ponis, ya no tan pequeñas, rompieron la jaula, casi sin querer, con sus patas temblorosas y el corazón lleno de miedo. Huyeron lejos de Doña Serpiente y su veneno y su cascabel. Y se separaron, para que no pudiera encontrarlas.

Pero Doña Serpiente había sido más astuta de lo que parecía y, aunque no había podido salvaguardar la jaula exterior, la que estaba en el interior de las ponis seguía intacta, más fuerte aún si cabía. No eran libres y, esta vez, no sabían cómo escapar de aquella jaula invisible que apresaba con fiereza sus corazones.

Las ponis hicieron sus vidas, a la sombra de Doña Serpiente, tratando de evitar sus mordiscos pero poniendo también mucho empeño en conseguir que sonriera, que su enfado eterno se marchara de una vez. Poco a poco todo cambió. La poni mayor, puede que por volverse intolerante al veneno de Doña Serpiente, empezó a ver la jaula invisible. Al principio era como un espejismo difuso pero ganó solidez y opacidad al cabo del tiempo, con mucho esfuerzo.

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Esto no agradó en absoluto a Doña Serpiente y como represalia atacó brutalmente a la poni menor. La poni mayor, que ya no parecía una poni sino una yegüa recia, grande y brillante, rescató a su hermana poni y le dejó un último regalo a Doña Serpiente.

                   -Toma, esto te pertenece.

La yegüa brillante le devolvió la jaula invisible a su legítima dueña y la encerró dentro para que no volviera a hacerles daño a ninguna de las dos nunca más.

FIN

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Gracias por leerme y hasta la próxima.

 

 

 

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