Cuando era pequeña, antes incluso de poder recordarlo, odiaba que me tocaran. Eso es algo que ha cambiado poco con los años, ligeramente sí, pero no demasiado. Que me toquen es algo que, salvo contadas excepciones, no soporto. De pequeña no había excepciones.

No me gustaba que nadie me tocara, ninguna parte del cuerpo, ni los brazos, ni la espalda, ni las piernas, ni el pecho, ni la cabeza ni la cara. A mí, en cambio, sí me gustaba tocar con mis pequeños deditos, sobretodo orejas, no me preguntéis por qué, no tengo una respuesta.

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Mi madre me echó el otro día en cara que yo nunca la había querido, desde pequeña me apartaba de ella, no quería que me tocase. Nunca entendió, por más veces que le dije, que su forma de tocarme me hacía daño. O no lo entendió o no quiso hacerse cargo de lo que significan mis palabras.

Y no basta con no hacer daño, muchos tipos de contacto me resultan desagradables aunque no lleguen a dolerme. Es un poco también como lo que comenté sobre mirar a los ojos, para mí es un acto de intimidad. El cuello por ejemplo, es una zona erógena, muy erógena en mi caso, y cualquier contacto en esa zona la asocio a lo sensual y lo sexual, por lo tanto no me sentiré cómoda si alguien que no me atrae sensual/sexualmente me toca o roza el cuello (y que tenga mi consentimiento, claro).

El ombligo no me lo puede tocar nadie o le arranco la mano.

Cuando me tocan o me cogen los brazos muchas veces me duele, no es que sea un dolor mortal ni sobrehumano, pero es dolor. Y cuando algo duele, el instinto natural de TODO ser vivo es apartarse de la fuente del dolor. Es supervivencia básica. El dolor indica que algo va mal, es la señal perfecta que avisa del peligro. De hecho, la gente que no es capaz de sentir dolor tiene una esperanza de vida más baja pues, ¿cómo saber entonces cuándo ir al médico, por ejemplo?

Muchas veces la ropa que llevo me duele, me roza y se me pone la piel en carne viva. Obviamente no es ropa que he elegido yo, no soy masoquista (nada en contra de quien sí lo sea), es ropa que tengo que llevar por obligación (uniforme laboral y, cuando era pequeña, la ropa que me obligaban a ponerme, principalmente mi madre).

Conforme me he ido haciendo mayor he desarrollado lo que conozco como “indefensión aprendida” así que he aprendido a aguantarme el dolor, poner una sonrisa tensa en la cara y dejar que la gente hiciera lo que quisiera conmigo. Esto es algo que desde que conozco mi neurotipo autista estoy tratando de desaprender, pero no es fácil.

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Sin embargo, de pequeña, de bebé, no había tenido tiempo ni habilidad para instruirme sobre cómo fingir que “todo va bien”, aunque fuera mentira. Con apenas un año era una criatura pura que se guiaba principalmente por su instinto. Así que cuando alguien me tocaba yo refunfuñaba, le apartaba, lloraba o protestaba de alguna forma. Dejaba claro que me hacían daño, con la intención que dejaran de hacerlo. Creo que es algo muy sencillo de entender, muy básico, no sé, igual estoy confundida.

Total, que la lección que aprendí, porque fue lo que me enseñaron, de manera directa o indirecta, es que para demostrarle a la gente que la quería tenía que sufrir a manos de esa gente, sin protestar, sin que se notara mi dolor. Sólo tenía que dejarme hacer y poner la mejor cara posible. Si suena horrible es porque ES HORRIBLE. Aún hoy trato de borrar esta lección de mi cerebro, pero no es fácil, no es nada fácil, está bien incrustada y ha dejado una profunda huella en mi mapa mental.

Como he comentado, a mí me gustaba tocar orejas, suena ridículo, lo sé, pero era así. Bueno, pues mientras yo me obligaba a sonreír mientras se me revolvían las tripas ante el contacto físico no deseado de les demás (hablo sobretodo de familiares, especialmente de mi madre que es quien más reclamaba lo de tocarme), si yo alargaba mi mano para tocar una oreja era reprendida (salvo por un tío al que le gustaba porque le relajaba y se dormía). La verdad es que podía pasarme horas acariciando el lóbulo carnoso de una oreja, debía resultar muy molesto, tanto como para que la reacción lógica y natural de quien me rodeaba fuera la de protestar o apartarse. Irónico, ¿verdad? Y cruel, bastante cruel. Mi madre, de hecho, para evadir esta ansia mía por tocar orejas se agujereó las suyas y se puso tres pendientes en cada una. Me quedé sin lóbulos maternos que tocar. Aunque me dolió un poquito, no lo interpreté como que mi madre no me quisiera, ni que me odiara. Tal vez me habría salido más a cuenta llegar a esa conclusión entonces. Sin embargo, por su parte, mi madre sí concluyó que yo, un bebé de poco más de un año, no la quería porque me apartaba cuando iba a tocarme (antes de aprender a aguantarme y sufrir). Y ese rencor se lo guardó para ella todo este tiempo. A ver, de vez en cuando me lo soltaba y me lo recordaba, de lo contrario ahora me sería difícil contarlo.

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La cuestión es que, si no te he dado permiso explícito, NO QUIERO QUE ME TOQUES, menos todavía si no tenemos confianza. No quiero que me des una palmadita en la espalda, ni que me acaricies la cara, ni me revuelvas el pelo, ni me toques el brazo mientras hablas, ni me des un abrazo, ni me des dos besos. Sencillo. Esto no significa necesariamente que me caigas mal, que te odie o te desprecie. De hecho es posible que suceda todo lo contrario. Claro que si insistes en tocarme cuando yo no quiero porque, repito, me molesta y me duele, el cariño que pueda tenerte lo estarás mandando a la mierda.

Para concluir esta entrada (un poco rara en cuanto a exposición, pero es lo que hay, mi cabeza funciona un poco rara últimamente) tengo dos mensajes, uno para la gente autista que me lee y otro para madres, padres y familiares NT/alistas de personas autistas.

A les autistas os quiero decir que no tenéis por qué aguantar que os toquen si os molesta, os duele o simplemente no os gusta. Dejando que os toquen no vais a conseguir que os quieran más, ni que os respeten más. Entiendo que a veces, por supervivencia, no os quedará otro remedio que fingir, que ceder, tenéis mi apoyo en ese caso. Pero en la medida en que no corráis riesgo, mi experiencia me dice que dejarse tocar por complacer a les NT nos trae más sufrimiento que recompensas. No vale la pena.

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A las mamás y familiares, e incluso amigues de autistas, os quiero decir: primero, que dejéis de escribir de forma pública que vuestres hijes y familiares autistas no os quieren porque rechazan vuestro contacto físico y visual. Esta premisa es falsa, es mentira, y sólo ayuda a que se nos estigmatice más. Lo que sale de vuestra boca o de vuestras manos al teclear es responsabilidad vuestra, y el daño que nos ocasiona es real hasta un punto que no querréis ni imaginar. También os quería decir, aunque suene a súplica porque tengo el corazón destrozado, que aunque no queramos que nos toquéis, no significa que no queramos vuestro amor. Demostradlo de otra forma que no nos dañe, pero amadnos leñe, y amadnos bien.

Ya está por hoy.

 

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