Analizando, desde mi humilde posición, cómo es y se comporta la gente que me rodea, tanto autistas como alistas (no autistas) he llegado a una hipótesis: las personas autistas poseemos un cerebro capaz de procesar la información que recibe de forma exhaustiva. Mientras, la población alista en general, y la neurotípica (NT) en particular, poseen cerebros que son capaces de procesar la información que reciben de forma ágil. La “desventaja” del primero es que para procesar así la información se requiere más tiempo y energía, y la “desventaja” del segundo es que para procesar la información de manera ágil debe hacerlo de forma superficial. Desde mi punto de vista, ambos tipos de cerebros son complementarios en una sociedad civilizada (cuando pienso en civilizada pienso en una que tiene como metas viajar a las estrellas, terminar con la pobreza y la injusticia, alcanzar el equilibro con la naturaleza gracias a la ciencia y la tecnología,…)

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Sin embargo, al parecer, para la sociedad actual nuestros cerebros, los cerebros autistas, son una lacra a exterminar, al menos los que no son capaces de “adaptarse” a funcionar más o menos como lo hacen los cerebros que consideran normales (y por tanto deseables).

Creo que esta es una de las razones por las que existe tanta frustración en torno al autismo, y es que no nos están enseñando a aprovechar nuestro cerebro, ni a respetarlo, la educación que recibimos se basa mayoritariamente en que parezcamos NT. Esto es, sencillamente, abominable.

Voy a explicarlo mediante una analogía: los cerebros autistas son como smartphones y los cerebros NT (y muchos alistas) son como los antiguos Nokia.

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Los antiguos Nokia no tenían tantas funcionalidades como los móviles actuales, pero disponían de lo básico y lo efectuaban con eficiencia: realizaban llamadas, mandaban mensajes de texto, tenían agenda y el juego de la serpiente para pasar un rato entretenido. Qué diablos, si conozco a una persona que se leyó El Señor de los Anillos en uno de estos móviles. Una gran ventaja de estos móviles es que la batería duraba días, por no decir semanas. Eran duros y resistentes.

Los smartphone, en cambio, son otro rollo distinto. Los hay con más memoria y con menos, lo que hará que el número de aplicaciones que se puedan instalar sean más o menos limitadas dependiendo de cada smartphone. Cada cuál elige según sus preferencias qué aplicaciones instalar en el smartphone y, así, dedicar el espacio a sus intereses concretos: almacenar fotos, jugar juegos, descargar libros, música, aplicaciones de redes sociales,… En cualquier caso, dadas las exigencias de la sociedad, tendemos a instalar más de lo que el pobre smartphone es capaz de acumular y el resultado es que tarde o temprano comienza a ralentizarse y estropearse. Sus baterías se agotan con pasmosa rapidez, teniendo muchas veces que recargar varias veces al día. Si no respetamos las necesidades básicas de este tipo de teléfono, lo normal es que termine rompiéndose. A veces para siempre. Su esperanza de vida es menor que la de los antiguos Nokia.

Voy a utilizar otra analogía: Les autistas somos como el análisis completo del antivirus mientras les NT son el análisis rápido, ambos valiosos para el equipo y con funciones complementarias.

Otras analogías que he utilizado son gatos y camiones.

No sé si me vais pillando.

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Mi tipo de sangre es 0+, ¿se la daríais en una transfusión a alguien B- por ejemplo?

¿Le pondríais gasolina a un motor diesel?

¿Pondrías un blue-ray en un reproductor de DVD y esperarías que funcionara?

Podría seguir, pero creo que os hacéis una idea.

Mi cerebro es exhaustivo, intenso y exhaustivo. El de otras personas autistas es todavía más exhaustivo, y en algunos casos puede serlo un poco menos, pero todes nos movemos dentro del mismo espectro de exhaustividad. A cada frase que oigo, mi cerebro la analiza en profundidad para poder dar una respuesta adecuada, respuesta que suele tardar unas décimas de segundo (o unos segundos, dependiendo del día) más que en una persona NT. Cuando estoy haciendo una tarea, me es difícil cambiar con rapidez a otra y luego a otra y a otra. Igual para les NT es sencillo, o más sencillo. Digamos que si fuera una piscina, les NT recorrerían la superficie del agua, yendo de una tarea a otra, y yo, en cambio, me tengo que sumergir hasta el fondo. Si quiero cambiar de tarea, debo salir a la superficie, ir a la otra tarea y sumergirme hasta el fondo de nuevo. Y así una y otra vez.

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Hablar es difícil, a mi cerebro le cuesta, más de lo que puede parecer por los vídeos que os he mostrado, porque trata de analizar en profundidad cada palabra que sale de mi boca, paladearlas, sentirlas como algo tangible, para que su significado no se me pierda. Mi mente es exhaustiva, cuando se topa con un problema le da mil millones de vueltas, anticipando los posibles resultados, cosa que no se le da demasiado bien, pero no por ello deja de hacerlo. A veces no me deja dormir porque sigue dándole vueltas a cómo mejorar una receta que no ejecuté de forma satisfactoria. Me refiero que no tienen por qué ser problemas graves, importantes o trascendentales para que mi cerebro decida dedicarle tanto esfuerzo. Con que sea un problema que parezca tener como mínimo una posible solución ya le vale.

Cuando escucho a alguien y exigen de mí una contestación, reflexiono primero (aunque no lo parezca por la de veces que meto la pata) porque me cuesta entender el significado global de lo que he escuchado y trato de ponerlo en contexto. Por eso posiblemente digo tantas veces “¿Qué?” a lo largo del día, para ganar tiempo con el que entender a mi interlocutore.

Mi cerebro es exhaustivo y se cansa rápidamente, necesita reposo con frecuencia. Mi cerebro es maravilloso y no lo cambiaría por ningún otro, porque es mío y lo quiero. Mi cerebro soy yo y no quiero cambiarme por nadie, sólo quiero ser la mejor versión de mí que pueda ser, según mi propio criterio sobre lo que es mejor.

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Así que por favor, gente con cerebros ágiles, dejadnos en paz los cerebros. Recordad que la tortuga ganó a la liebre. La agilidad y la velocidad no lo son todo en la vida y, desde luego, no son indispensables para ser felices, salvo que nos las exijáis de forma dolorosa y continua.

¡Hasta la próxima!

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