La mirada neurotípica es esa mirada que todas las personas autistas (unas más que otras) cargamos en nuestra mente sobre cómo nos percibe el mundo. Para nosotres es agotador interaccionar con gente, especialmente con gente alista (no autista) y creo que la razón no es sólo por nuestro neurotipo, es por la mirada neurotípica. Ilustraré este concepto lo mejor que pueda.

Voy por la calle, debo desplazarme del punto A al punto B. Mi mano dibuja las líneas de la calle, las grietas del pavimento, mientras camino. Me doy cuenta de ello y paro, me meto la mano en el bolsillo o la dejo quita a mi costado. No quiero que nadie me mire como a un bicho raro por hacer esto. Una fracción de segundo después pienso: “da igual lo que piensen, haré lo que yo quiera” y vuelvo a dibujar las líneas de la calle. Sin embargo, ya no lo disfruto igual, soy demasiado consciente de algo que debería ser más natural. No logro olvidar que es posible que la gente con la que me cruzo me mire y me juzgue, aunque me dé igual, pero preferiría no sentir esa presión, no quiero tener que decidir hacer algo que debería mantenerse a un nivel subconsciente.

fidget-2845178_1920

Antes de llegar al punto B me encuentro con una persona conocida. Me alegra verla. La saludo. Entonces me doy cuenta de que no estoy mirándole a la cara. Subo la vista hasta sus ojos. Uff, demasiado para mí. Miro sus labios. ¿Se pensará que coqueteo por mirarle la boca? Miro el puente de su nariz, pero me canso. Vuelvo a mirar al suelo. “Bueno, que piense lo que quiera” me digo, aunque no quiero que piense que no le presto atención o que no me importa lo que dice. ¿Estoy moviendo la mano? Me cercioro de si lo hago y de si es demasiado vistoso. No quiero ser juzgada. Me juzgo a mí misma entonces. Trato de contestar de forma apropiada. Se pone muy cerca de mí, doy un paso atrás. ¿Se habrá molestado? Me toca el brazo para despedirse. Me aparto. No quiero que me toque, ¿por qué me ha tocado? Tengo ganas de llorar (soy muy llorona). No le digo nada porque no quiero hacer daño a esa persona ni, desde luego, hacer pedagogía sobre autismo en ese momento. Debo ir al punto B, tengo relativa prisa. No son ni cinco minutos de conversación y ya me siento agobiada.

Más adelante veo a otra persona que conozco y tiro por otro camino para no tener que saludarla, aunque me alegro de verla. Es sólo que es demasiado. Consulto mi móvil para no perderme. Al tomar otro camino me he desorientado, no sé llegar al punto B. ¿Estoy tarareando? Es posible. ¿Me oirán los demás? Miro alrededor. Miro al suelo. Me da igual, me da igual, me da igual.

Llego al punto B, mi lugar de trabajo, ese que paga mis facturas, ese tan precario y en el que sufro tanto. Sonrío, parte de mi trabajo es sonreír aunque no me apetezca lo más mínimo. Me balanceo en mi silla mientras hablo por teléfono. Aquí sí me da igual, absolutamente igual. El trabajo me quema demasiado para que me importen muchas cosas. Además, en una fila adyacente hay un señor con cara de enfadado que también se balancea. Me gustaría acercarme y preguntarle si es autista, si hay más gente como yo ahí. No lo hago porque a día de hoy la palabra autista todavía se considera un insulto, no quiero una confrontación en el trabajo. De hecho no quiero una confrontación en ningún sitio (tengo pendiente escribir una entrada sobre mi fobia al conflicto). Hablo por teléfono, la lengua se me traba, tarareo, mi interlocutor se ríe, a veces se enfada. Toso para ganar tiempo de dar una respuesta. Espero que no se note que no tengo muy claro qué estoy haciendo. Se termina la jornada, al fin. Ha sido horrible pero lo he hecho lo mejor posible, creo que he ayudado a gente. Mis compis quieren quedarse a tomar una cerveza. “No puedo” digo, pero no les digo por qué. Realmente no puedo, estoy agotada, sólo quiero estar en mi casa. Alguna vez he sido sincera y me han hecho chantaje emocional diciéndome: “¿es que no quieres pasar tiempo conmigo?” Sí, si quiero, pero no quiero sentir que me juzgas.

woman-1044142_1920

Al final lo digo: soy autista. “¿Tú autista? Jamás lo hubiera imaginado”. Y me miran, tratando de descubrir mi autismo en alguna parte visible de mi ser. ¿Estoy moviendo la mano? ¿Estoy mirando a los ojos? Me siento observada, me siento juzgada. Entonces lo explico, explico qué es el autismo, pero nunca me sale tan bien como me gustaría, nunca tan bien como por escrito. No sé si me han entendido.

Vuelvo a casa, al punto A. Estoy cansada y el cansancio me provoca mal humor. Muevo la mano. Escucho un ruido muy fuerte. Sacudo las manos, muevo los pies, doy una vuelta sobre mí misma. ¿Me ha visto alguien? ¡No! ¡No pienses así! ¡Debe darte igual! ¡Debe darte igual! ¡Quiero que me dé igual! Contengo las lágrimas. Sigo andando por el camino que conozco. Voy deprisa, tengo prisa por llegar. Alguien trata de preguntarme algo, paso de largo. No quiero hablar con nadie, no quiero interactuar. Quiero llegar a casa. Gimo y muevo la mano. Seguro que ahora mis compis no dudarían de mi autismo.

Llego a casa. Me relajo. Mi marido me abraza y mis gatos me saludan. Ya no tengo ganas de mover las manos, o sí, pero ya no me doy cuenta porque al fin estoy en un lugar donde verdaderamente me da igual, un lugar seguro, donde nadie posa su mirada inquisitiva sobre mí.

girl-562156_1920

Esta tensión constante a la que estamos sometida la comunidad autista nos pasa factura: depresión, ansiedad, traumas,… Quiero dejar de sentir la mirada neurotípica sobre mí. Quiero ser libre, libre de juicios y prejuicios, libre para ser yo.

 

Anuncios