Descubrí que era autista entre los 29 y los 30 años, hace poco más de dos años. Este descubrimiento supuso todo un shock y una liberación, pero ¿cómo llegué hasta aquí? Empezaré por el principio, aunque muchas de estas cosas ya las he contado.

 No tengo conciencia de un momento dado en el que me diera cuenta que era rara, era algo que sabía desde siempre. Supongo que hoy en día es posible que en el colegio hubieran detectado mi autismo, aunque tampoco apostaría por ello. Coleccionaba ponis, tenía más de cien. Me gustaban los ponis. Y las canicas, también las coleccionaba. Parecían planetas. Los coches pequeñitos también me gustaban mucho, recuerdo ordenarlos por colores. No sabía pronunciar la letra R, me llevaron al logopeda y tardé dos años en aprender a pronunciarla, igual por eso es de mis letras menos favoritas.

Una vez le pegué un puñetazo a un compañero de clase porque se estaba propasando con una niña aún más pequeña. Hasta los ocho años no tuve mi primera amiga, y no sé cómo la hice. Creo que fue ella la que se fijó en mí. Me dijo que lo primero que pensó de mí fue que era rara. Hay gente a la que le gustan las rarezas. Una vez me depilé un trozo de ceja para ver qué pasaba, me metí un dedo en el ojo por el mismo motivo (y toda una clase me recordaba por este hecho, se ve que lo hice en público y en voz alta). También recortaba fotos de la Interviu para venderlas en el colegio porque no me daban paga y quería dinero. Tenía como 6 o 7 años. No me planteaba si estaba bien o mal, si era correcto o incorrecto, sólo sabía que a los niños les gustaban las mujeres desnudas y pagaban por ello (hoy todo esto me espeluzna por muchos motivos).

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Había un juguete que odiaba y me enfadaba muchísimo si me obligaban a jugar con él, igual que a las cartas u otras competiciones. No escondía mi odio ni mi enfado. No sabía socializar correctamente desde el punto de vista NT, era mandona pero también muy fácil de manipular, muy vulnerable. Me llamaban niña mimada. Luego psicópata cuando empecé a llevar un punzón a clase para pinchar a quien se metía conmigo. Mi primer beso fue con un chico de mi clase al que básicamente obligué a ser besado. Tenía once años. Pedí que me llamaran por otro nombre porque no me identificaba con el mío. Al final he acabado aceptándolo porque ninguno de los nombres que escogí me gustó tenerlos, la verdad.

Intentaron hacerme bullying, un profesor me acosó, a otro lo besé (y no sólo se dejó, tenía casi 40 años más que yo), empecé a beber y a fumar, no sólo tabaco. Me empecé a cortar, un poco aquí y un poco allá. Me lié con un señor diez años mayor que yo con el que acabaría teniendo una espantosa relación durante 9 años. Tenía 17. Tuve trabajos de finde, siempre estaba de mal humor, era camarera, estaba agottada, lloraba por nada. Iba cuesta abajo y sin frenos. La Facultad me superó, tuve un burnout terrible, con mutismo (creyeron que eran pequeños episodios de catatonia), tics horribles (creyeron que era epilepsia, me hicieron pruebas), no sabían qué me pasaba, tenía alucinaciones auditivas (lo que yo creía eran alucinaciones auditivas), no sabían qué fallaba. Lo único que acertaron es que tenía una depresión inmensa. Tenía 19 años.

Después de tres años turbios (turbios porque con la medicación que me dieron apenas los recuerdo) traté de regresar a la Facultad, me pasé un año sin hablar con nadie en clase, ni siquiera me di cuenta de mi soledad, siempre me sentí cómoda en ella. No fui capaz de terminar la carrera, ni entonces ni después. Me fui a vivir con mi ex y me convertí en su chacha (palabras textuales de él), entre otras cosas. Seguí con depresión, me autolesioné severamente. Me dejó por otra y seguí viviendo con él. Me tiró de casa cuando no quise volver con él. Tenía 23 años.

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Conseguí un trabajo pidiendo auxilio, llevaba años en paro. Jamás he tenido un trabajo estable, en ninguno he durado más de un año. Me saturan, me agotan, me deprimen, me hunden (al menos casi todos a los que tengo acceso). Volví con mi ex, porque soy (era) estúpida y débil. Empecé a adelgazar y a no poder dormir. Perdí como veinte kilos y me pasaba más de 48 horas sin dormir. Dejé a mi ex, huí de él. No tenía amigas, no demasiadas, ninguna íntima. Tenía 26 años.

Publiqué un libro de cuentos de terror, conocí al que ahora es mi marido, que se fijó en mí por ser rara, por mis contestaciones raras, por mis gustos raros. y llegó el día que escuché por primera vez una palabra que cambiaría mi vida: Asperger. Mi editora me pidió que escribiera un relato para una antología cuyos beneficios iban destinados a la Asociación Asperger de mi ciudad. No tenía ni idea de qué era eso, así que me puse a investigar por Internet. Las cosas que se decían, desde una perspectiva clínica, me sonaban bastante, aunque no me identificaba del todo con ellas. Pensé, “bueno, puede que sea un pelín Asperger, pero ya está”. Escribí el relato. Me preguntaron cómo era posible que hubiera retratado tan bien lo que se siente al ser Asperger. Tenía 27 o 28 años.

Olvidé el tema, durante un tiempo, hasta que una amiga me dijo que su psicóloga le había dicho que podía ser asperger. “Si tú eres Asperger yo soy mega Asperger” le dije, en broma. Sí, he sido una de esas gilipollas que cuestionan el diagnóstico de otra persona. Ella me dijo que si sabía que en las mujeres el Asperger se manifestaba de forma diferente*. Me quedé muda. Me pasó el texto que le había dado su psicóloga. Joder. Joder, joder, joder. Era un maldito reflejo de casi cada palabra.

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Me obsesioné. ¿Era Asperger? Empecé a hacer test por Internet, hablé con mi madre para saber en mayor profundidad cómo era de niña. “No te gustaban los abrazos, siempre te apartabas” me dijo. Vi fotos mías de niña desde una nueva óptica. Buscaba señales que me delataran. Era autista, ¿era autista?, tenía que ser autista, no podía ser otra cosa. Aunque ya sabía quién era, necesité confirmación externa. De no ser así, en mi caso, jamás habría tenido el valor de exigir a la gente que me tratara de otra manera, que tuvieran en cuenta mi sensibilidad sensorial, que perdonasen “mis cagadas sociales”. Jamás me habría permitido a mí misma cuidarme como en verdad merezco y necesito (todavía hoy lucho por procurarme estos cuidados sin sentirme culpable). Así que fui a la asociación para la que escribí una vez un relato y pagué un dinero que, por suerte, en ese momento tenía para que una psicóloga especializada en diagnosticar a niñas y mujeres asperger valorara la posibilidad de que yo lo fuera. No lo dudó ni un instante (pero me lo dijo después de realizar el informe diagnóstico).

Acababa de cumplir 30 años cuando me dieron mi diagnóstico. Ahora lo que trato es aprender a ser quien soy realmente, sin disfraces ni máscaras, y también a tratar de ayudar a otra gente autista para que no lo pase tan mal como yo lo he pasado. Me pregunto cuántas mujeres hay por ahí que, como yo hace un tiempo, no tienen ni idea de que son autistas (ni saben nada de autismo) y están sufriendo lo indecible por ello.

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*Esto no es así, no exactamente. Resulta que los criterios diagnósticos para el autismo están muy sesgados porque sólo se establecieron según la observación de niños blancos de clase media en un contexto histórico-cultural concreto, sin tener en cuenta factores como estrategias de adaptación, cultura de origen, roles de género aprehendidos,…

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