Enterarme de que hay gente que gasta sus recursos en impedir que más personas como yo sigan naciendo es un duro golpe. No sé cómo expresar lo profundamente herida que me siento. Es verdad que esta noticia me ha llegado en un momento anímico nefasto. Claro que echando la vista atrás, ¿cuándo no ha sido un momento anímico nefasto para mí?

No sé si podéis imaginar lo que es vivir en un mundo que deja tan claro que no te quiere. No sólo es que no me quiera, es que me desprecia, me odia. Si me lo puede poner difícil lo hace, aunque le costaría lo mismo ponérmelo fácil. Si eso no es odio, no sé lo que es. Si buscar nuestra extinción no es odio, no sé lo que es. Misautismia lo hemos empezado a llamar, pero no parece que una sola palabra pueda describir el sentimiento que me embarga. Es un buen comienzo este de ponerle nombre, pero es sólo eso, un comienzo.

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Primero quería sacar mi resentimiento diciendo que más quisiera mucha gente tener una hija como yo. No lo digo por decir, mucha gente envidia a mi madre, mucha gente cree que mi madre no se merece una hija tan buena (inocente y estúpida) como yo. Es gente que no sabe que soy autista claro. Este resentimiento es infantil (no lo digo como algo negativo, sino como algo que me vuelve más vulnerable) y me jode tener que sacarlo; no debería querer demostrar que soy una persona valiosa, autista y todo. Por otra parte pienso que la gente alista (no autista) no se merece tenernos en este mundo, no se merece nuestra compañía, nuestra magia, nuestra forma única de ver el mundo y de transmitir nuestras emociones. No se lo merece porque la mayoría no es lo bastante buena, porque no saben apreciarlo.

En otro sentido, nosotres, les autistas, no nos merecemos muchas cosas de las que vivimos: no merecemos el odio alista, no merecemos el maltrato que se nos dispensa por nuestra posición vulnerable en la sociedad, no merecemos que se nos excluya de una sociedad en la que no tenemos más remedio que vivir, no merecemos que se patologice nuestro neurotipo, no merecemos que nos humillen y acosen, que se rían de nosotres. No merecemos vuestro desprecio. Lo que merecemos es un mundo libre de este desprecio, de este odio, de esta opresión. Merecemos un mundo donde nosotres también pongamos las normas, porque recordad, si este mundo es vuestro es porque nos habéis arrebatado nuestra parte, exactamente lo mismo que les ocurre a otros grupos oprimidos.

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No es justo que tengamos que ver las cosas desde vuestro prisma. Cada vez que una persona autista me dice que realmente cree que está enferma por su neurotipo, que no merece amor ni comprensión hasta que no sea una persona neurotípica, que cómo es posible que sienta orgullo de ser como soy, como si ser autista fuera mosntruoso, se me parte el alma. Cada vez que la sociedad alista deja de hacerse responsable del daño que ha ocasionado a la población autista, hasta el punto de habernos arrebatado toda autoestima, y ahora también casi toda esperanza, mi ira se enciende.

Os voy a regalar una imagen mental sobre cómo me siento cada maldito día: imaginad una mujer cosiendo retales de piel, de alma, retales que no dejan de deshacerse porque un montón de gente tira de sus hilos, los hilos con los que trata de recomponerme, riéndose, divirtiéndose a su costa. Imaginad esa mujer que no puede dejar de coserse porque sería su perdición, su final, cada vez más cansada y, al mismo tiempo, cada vez más enfadada. Por sus venas corre magma embravecido, deseando abrirse paso hacia fuera, como lava desbordante. No os sorprendáis si esta mujer un día decide tirar de esos hilos para arrancarselos de las manos a quienes se creen con derecho a manejarlos. Tampoco os sorprendáis si se quema viva antes de tener la fuerza suficiente de tirar de esos hilos. Así me siento.

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No es que no supiera de antes que no nos quisieran. No es que no me hayan contado mis compes autistas que han visto cómo familiares de gente autista convencen a menores autistas de que no tengan hijes, por si acaso salen como elles. No es que no haya visto cómo se trata el autismo como una enfermedad mortal de la que hay que deshacerse. No es como si mi propia carne no hubiera sufrido las agresiones de les demás por ser diferente. No sé por qué ahora se ha vuelto más tangible y concreto, no sé por qué ahora duele más o soy más consciente de ese dolor.

Espero que este dolor no me destruya, espero que de él nazca algo bueno, pero no tengo ninguna certeza de evitar lo primero ni de conseguir lo segundo.

Hasta la próxima, si es que nos dejan.

 

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