Aviso de contenido sensible (instituto, autolesiones), tened cuidado con su lectura.

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La pubertad pasó, o más bien dicho me arrasó con sus hormonas y sus inefables protocolos sociales. En mi época la transición al instituto se hacía a los 13-14 años (en 3º de ESO, fui de las que estrenaron la ESO). Tenía muchas ideas preconcebidas sobre lo que sería el instituto por las series y películas norteamericanas. Recuerdo estar aterrada, pero también emocionada. Los cambios me ponen nerviosa (algo más que nerviosa en realidad) pero los nuevos comienzos me suelen llenar de esperanzas. Y hacerme mayor también me hacía ilusión: ganar autonomía y libertad era un sueño hecho realidad (un sueño que tardaría mucho más en conseguir de lo que creía, y no por mi autismo precisamente).

Y llegaron los chicos, uff, los chicos. No es que antes no me hubieran llamado la atención pero no con la misma intensidad. Y llegaron las chicas también. El despertar de mi atracción sexual fue como un volcán en erupción que nubló mi juicio (en gran parte, nunca del todo). Y llegaron también los insultos, las amenazas, la sensación de correr peligro constantemente. De pequeña me había sentido valiente y descubrí que es verdad eso que dicen de que lo que se considera valentía es en gran parte necedad.

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Llegó la presión por aprobar, cosa que hasta entonces no me había costado demasiado esfuerzo. Llegaron las broncas en casa, los llantos desconsolados, la angustia del desamor, las broncas en casa, las broncas en clase, la angustia de la amistad, la angustia, la angustia, las broncas, la angustia, las broncas.

Y llegaron los cortes. En esa época fue cuando por primera vez me autolesioné de forma consciente. Lo recuerdo. Fue con unas tijeras. Me corté las yemas de los dedos. Había algo reconfortante en sentir el acero rompiendo mi piel, en ver la sangre salir, como si por esa minúscula herida en forma de línea escarlata pudiera escaparse también parte de la presión y la angustia que me devoraban por dentro y amenazaban con destrozar mi cordura.

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No soy la primera persona que recurre a las autolesiones como regulador psico-emocional, de hecho en el autismo es bastante frecuente. Ojalá lo hubiera sabido entonces, me hubiera sentido menos escoria y tal vez no me hubiera avergonzado tanto. Que es nocivo cortarse de forma recurrente es algo que sé y sabía entonces, pero creo que peor que autolesionarme de una forma no convencional (otras formas de autolesión están mejor aceptadas socialmente como beber o fumar) fue el tener que callármelo ya que, a la poca gente que se lo conté, me miró con asco o miedo, como si estuviera loca.

Si os preguntáis qué hubiera deseado por entonces de mi entorno cercano (familia, amigues,…) sería algo de comprensión hacia mí y mi forma de ser. Sólo eso. Nada más ni nada menos. Comprensión. No más broncas que me saturaran emocionalmente, no más presión por parecerme a un tipo de persona que no era ni que jamás podría llegar a ser (ni que quería ser).

Me gustaba ser diferente, entonces sí, no como en mi pubertad. Tuve mi propio grupo de amigues, la gente marginada del insti. Les rares hicimos piña. Fue bonito la mayor parte del tiempo. Al fin sentí que encajaba, justo cuando dejó de importarme tanto lo de encajar, pero fue bonito de todas formas. Mis prioridades entonces eran divertirme (no tan fácil como pueda parecer), evitar a mi madre lo máximo posible, ligar, besar, los romances juveniles, sacarme el curso con el mínimo esfuerzo, conseguir que la gente que quería amargarme la vida en el instituto me temiera lo suficiente para mantenerse alejada y leer todo lo posible.

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Dicen que les autistas no sabemos mentir, a mí personalmente no me agrada demasiado, pero creed si os digo que si mi supervivencia depende de ello, mentir se convierte en un arte que puedo aprender y perfeccionar hasta límites insospechados. Al fin y al cabo, muches de nosotres nos pasamos la vida actuando, observando a la gente neurotípica e imitándola. Mentir es como actuar, como fingir, pero con palabras. Las palabras (orales) no siempre son nuestras amigas, pero a veces podemos usarlas en nuestro favor.

Mentí, mentí mucho, mentí a todo el mundo, a mí misma sobretodo. Algunas mentiras se convirtieron en verdad, otras me explotaron en la cara, como cuando le mentí a mi madre sobre mi relación con un hombre diez años mayor que yo. Mentí tanto que ya no sabía qué era verdad y qué no, olvidé quién era, me perdí a mí misma. Así caí, con 19 años, en el mayor burnout autista que jamás haya vivido.

Supongo que por eso estoy aquí, escribiendo este blog, para no olvidar las malas decisiones que me llevaron a la autodestrucción, para contemplar de nuevo mi vida desde una perspectiva que antes no tenía con mi visión autista.

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Ojalá pudiera borrar toda la misautismia y el capacitismo del mundo con un sólo click para que nadie más tenga que pasar por lo que yo pasé, para que nadie más tenga que aprender a base de dolor lo que podría haber aprendido con comprensión (y no digo con amor porque el amor por sí sólo no basta; amor tuve, no siempre del malo pero no siempre del bueno).

Gracias por leerme.

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