Parece que he llegado a ese momento en la vida en que empiezo a olvidar lo que es ser niña, pubescente y adolescente. Antes de perder del todo esos recuerdos, no de las cosas que ocurrían sino de cómo las sentía, cómo era vivir a esas edades, deseo plasmar algunas cosas que viví.

Lo he dicho muchas veces, pero yo no sabía que era autista antes de los 30, así que en mi pubescencia ignoraba por completo quién era en realidad. Tenía otras etiquetas en las que apoyarme, pero no eran ni suficientes ni necesariamente buenas. Yo era la rara, la prepotente, la malcriada, la mimada, la extraña, la peculiar, la tímida, la violenta, la psicópata, la insolente,…

Aunque conforme crecí me regodeé en mi peculiaridad, encontré otras personas peculiares y marginadas con las que relacionarme y abracé mi identidad a pesar de no conocerla del todo, lo cierto es que con doce años, año arriba año abajo, todo lo que quería era formar parte del grupo. Tal vez no fuera todo lo que quería, pero sí era una prioridad. Esta etapa es muy complicada para todo el mundo, la gente te trata como si estuvieras en una transición de un estado a otro (como si todas las edades no fueran una transición, un paso más en el camino en realidad) y no como una persona completa. Antes de los doce (o los once, o los diez) no pensaba en el grupo, en formar parte de él, me bastaba a mí misma. Después de los 17 (o los 16, o los 18) mis prioridades cambiaron radicalmente, hasta que olvidé casi por completo esa necesidad humana de ser parte del grupo. Sin embargo, durante una etapa, durante unos años, esa fue mi principal fuente de preocupación.

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Con doce años me descubrí extraña, apartada, muy muy lejos de la gente. Me sentía como si un abismo profundo e insalvable me separara de la sociedad. Tenía una mejor amiga y eso me había bastado hasta entonces pero ya no era suficiente. Veía cómo en el recreo se formaban grupos de niños, de niñas, de profes, y yo no formaba parte de ninguno. Todo el mundo jugaba, hablaba, reía o compartía un momento social. La sensación de exclusión y desamparo me desgarró el pecho. Ahora me avergüenzo por ello, pero es la verdad. Yo quería ser una más, ni diferente, ni especial, ni peculiar, sólo una más entre el montón.

Mis intentos de acercarme a mis compañeras de clase, con las que creía que debía formar piña porque así era la jerarquía del colegio, cada cual con las personas de su mismo género y su misma clase, fueron tan extraños como yo. Observé durante mucho tiempo sin inmiscuirme. Simplemente me ponía cerca de ellas y aprendía sus rituales. Ellas aceptaban mi presencia, no sé si con agrado, con disgusto o con indiferencia. El caso es que la aceptaban; al fin y al cabo, me conocían desde hacía muchos años, prácticamente había crecido con ellas y no fueron pocas las veces que les presté mi ayuda con anterioridad.

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Viví muchas cosas, aprendí bastante del comportamiento humano y no tenía muy claro si debía considerarme humana o no. Las chicas de mi clase tenían varios rituales. Uno muy cruel era que cada día le hacían el vacío a una persona. Ni siquiera la más popular de la clase se salvó de ello. No fue un juego que me gustó practicar, a pesar de que si me lo habían hecho a mí (y seguro que me lo hicieron), no me di ni cuenta. También descubrí la frustración por mi cuerpo. Todas sabían hacer el pino y yo era completamente incapaz de apoyar mis manos en el suelo y ponerme cabeza abajo. Lo intenté con todas mis ganas, incluso me ayudaron mucho al ver lo que sufría por no poder. Al final conseguí hacerlo pero de una manera muy diferente a como lo hacían ellas y que no voy a explicar para no extenderme. Fue en parte un alivio, en parte un bofetón para mi autoestima.

Descubrí también el concepto de belleza, ese tipo de belleza relacionada con el atractivo sexual, los rituales necesarios para alcanzarlo, aunque nunca se alcanzaba claro, nunca se es demasiado bella. Descubrí las mentiras, no sólo las que te salvan de un apuro sino las que se cuentan por diversión. Me costó mucho encontrarle el punto divertido a esto (ahora sí que tengo ese punto pillado, aunque automáticamente después digo “es broma ¿eh?” porque no puedo mantener esa mentira mucho tiempo).

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A veces fueron malas conmigo porque sí, porque era divertido. Me dejaron a oscuras en un baño público. Escuchaba sus risas y yo no paraba de gritar enfadada y asustada. Odiaba que se burlasen de mí, que vieran con tanta facilidad mi vulnerabilidad. Me robaron un pintalabios negro que era como un tesoro para mí y lo gastaron casi del todo antes de devolvérmelo. Era divertido, aunque no para mí. También encontré muestras de cariño, de apoyo. Formar parte de un grupo significaba que sólo la gente de ese grupo tenía derecho a ser cruel conmigo, si alguien de fuera se metía conmigo no dudaban en defenderme. Resulta curioso ¿no? A mí me parece curioso. Y horrible, horrible también.

“La maté porque era mía”, “le pego porque es mi hijo”, “te insulto porque eres mi amiga”.

¿Cuanto mayor es el grado de intimidad con alguien con más derecho se cree a maltratarte? Es una reflexión que ha surgido de forma espontánea al bucear entre mis recuerdos, perdón, dejo de divagar.

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Hice muchas cosas que odiaba con tal de pertenecer al grupo, y nunca llegué a sentirme integrada del todo. No sé si ese es un sentimiento general, si sólo nos pasa a les autistas, si no tiene nada que ver con nuestro neurotipo,… no sé ni si importa. El grupo exigía muchísimo esfuerzo, muchísima dedicación, y mis fuerzas eran escasas en comparación a esas exigencias. Además, sentía como si mi personalidad cambiara constantemente para adaptarse al grupo. Supongo que eso es lo que les profesionales neurotípicos llaman flexibilidad. A mí me parece una traición a una misma.

Así que así me sentía: no conseguía encajar, ni sentir verdadera afinidad con el grupo ni con las personas que lo conformaban. Mi autoestima se alimentaba de despojos (no es que las otras me hicieran sentir siempre mal, ni siquiera la mayor parte del tiempo, no se trata de eso). Me frustraba no integrarme pero cuanto más me esforzaba por hacerlo más miserable me sentía porque era como mancillar partes de mí misma, partes importantes, valiosas. Lloraba por la soledad que me embargaba, la soledad de saberme diferente. Fingía lo mejor que podía. El grupo a veces me proporcionaba alegría y seguridad, otras no. Otras veces me sentí muy perdida y frágil. Hacía todo lo que me decían, aunque fuera contrario a mi bienestar. Quise parecer algo que no era, algo mejor visto de lo que yo era. A veces triunfé y otras fracasé estrepitosamente.

Hoy no hay consejos y no sé si alguien podrá sacar algo de provecho de esta narración. El dolor implícito en la pubescencia me parece inevitable, ineludible y, en cierto sentido, imprescindible. Sólo me gustaría que otras personas autistas que estén pasando por esa etapa tan dura y crucial de la vida supieran que no están tan solas como creen. De verdad que no.

¡Hasta la proxima!

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