Soy una adulta autista, treinteañera, vivo con mi marido y somos independientes (nos cuidamos el uno a la otra y al revés). Siempre me quejo de la precariedad económica en la que vivo (y me seguiré quejando mientras continúe en ella) y en mi inestabilidad laboral, pero lo cierto es que tampoco estoy tan mal dado el panorama actual.

Cuando era pequeña no fui a ningún tipo de terapia, salvo al logopeda porque no sabía pronunciar la letra “r” y él me enseñó. Por lo demás, aprendí a socializar por mi cuenta, los protocolos de la sociedad NT. También aprendí a cuestionar estas normas no escritas y las bases sobre las que están establecidas. Aprendí a mentir, más mal que bien, y aprendí que no me gusta mentir. Aprendí que era diferente del resto (de la mayoría al menos, me he encontrado con personas igual de raras que yo), aprendí que eso le solía suponer un problema a la gente y aprendí que no me importaba demasiado. Aprendí un montón de cosas por mi cuenta, como a leer y escribir y a sobrevivir en un mundo que me era hostil (aunque desconocía por qué o que para la mayoría no era tan hostil como para mí).

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¿Y sabéis qué? No me ha pasado nada. Bueno sí, pero no por el autismo en sí mismo. Ser autista en un mundo que no entiende las necesidades de aprendizaje de una persona autista (sólo las NT) no es lo más fácil del mundo, pero no es imposible si la gente que te rodea no se empeña en complicarte aún más este proceso.

La cantidad de traumas que he acumulado por esto son incalculables, y las terapias y la medicación con las que debo tratarme estos traumas serán para toda la vida, así lo he asumido. Os voy a enumerar algunos de estos traumas y su razón de ser:

  • Sentirme inútil, vaga, fracasada e inepta. No ha sido sólo una persona la que ha hecho que me sintiera así, sino todo el sistema en el que vivo (vivimos). Por no hacer las cosas de “la forma que se supone que se deben hacer”, por el único motivo de que la mayoría de la gente así lo hace, me han etiquetado de vaga, perezosa, insolente, inútil y demás lindezas. Como tenía un CI elevado (eso nadie lo discutía), si hacía algo “mal” (como las figuras de autoridad no querían que se hiciera) era por fastidiar, no porque yo necesitara hacerlo así. Si no conseguía terminar un ejercicio o un trabajo, era porque no había querido, porque claro, siendo tan lista, ¿cómo iba a tener problemas para hacerlo? En el mundo laboral ha sido más de lo mismo.  Y yo me lo acabé creyendo, claro. No sabía de mi autismo, ni todo lo que implicaba, así que me convencí de que era lo que decían de mí: inútil, vaga, fracasada e inepta.

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  • Estar siempre cansada, vagar de una depresión a otra. Es verdad que aprendí que no me afectara (tanto) lo que les demás pensaran de mí y de mi forma de hacer las cosas, pero fueron muchos, muchos, muchos años de presión para encajar en un mundo que no estaba hecho para mí. Así que ese sobre esfuerzo continuo me ha pasado factura. Ahora tengo poco más de treinta años y me siento vieja y cansada la mayor parte del tiempo. Raras son las temporadas que no necesito medicación. La melancolía forma parte de mí, a pesar de que no se me note demasiado pues parezco una persona alegre. Por desgracia también aprendí a ocultar mi vulnerabilidad pues hay personas que se aprovechan de ella para su beneficio sin importarles el daño que causan.
  • Sufrir burnouts demasiado a menudo, durante demasiado tiempo. Si mis energías se queman con más facilidad que las de las personas NT y estoy en continuo sobre esfuerzo lo que acaba pasando es que, para protegerme, mi mente decide que ya está bien y me hace colapsar, como una estrella que ha agotado su combustible, y me quedo hecha un trapo una temporada. Si pudiera respetar más mi neurotipo, mis necesidades autistas, estoy convencida de que no llegaría a este estado con tanta facilidad.
  • Ansiedad crónica. Porque después de tanto dolor es como si mi cuerpo y mi mente hubieran decidido que todo a mi alrededor es potencialmente peligroso y por tanto me avisan mediante la ansiedad que debo cuidarme. Por desgracia, llegado a este punto, no podría ni salir de casa, ni estar sola, ni tener una vida plena sin tratamiento y medicación. Estoy segura de que si el mundo hubiera sido como debería ser: inclusivo, respetuoso y comprensivo conmigo, mi ansiedad no sería tan espantosamente elevada.

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Llegados a este punto igual pensaréis ¿si tú misma has ido a un montón de terapias y tomas medicación cómo puedes pensar que exista abuso de terapias en el autismo?

Bien, es que muchas de las llamadas terapias no lo son en absoluto, son adoctrinamiento y abuso hacia nuestro ser autista para parecer lo más neurotípiques posible. Este tipo de “terapias”, que suelen comenzar a edades muy tempranas, machacan nuestra autoestima, nos hacen creer que estamos mal heches, que debemos cambiar, como si fuéramos robots a los que se les puede actualizar el software y cambiar nuestras piezas. Nos enseñan que no está bien que nos comuniquemos mediante stims, en vez de con palabras, que básicamente somos un error de Dios, del Universo, de la Naturaleza o de Matrix (cada cuál que crea en lo que quiera). ¿Cómo no vamos a crecer con traumas con esta forma de “enseñarnos”? En lugar de promover nuestro desarrollo personal como personas autistas, tratan de “curar” nuestro autismo, eliminarlo, a pesar del dolor tan significativo que eso conlleva.

Una verdadera terapia es la que te ofrece las herramientas adecuadas y personalizadas para hacer frente al mundo que te rodea (porque reconozcámoslo, el mundo está muy mal hecho). Las que tratan de “curar” tu forma de ser, de hacer que te camufles a cualquier coste, de negarte ser quien eres, no merecen el nombre de terapia, sino más bien el de tortura (que a veces llega al asesinato o al homicidio… prefiero no poner enlaces a esto).

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Si pudiéramos crecer en una sociedad que nos aceptara y valorara por quienes realmente somos y fuera el sistema quien se adaptara a las personas y no al revés, probablemente no serían necesarias tantas terapias.

Si queréis leer un par de blogs de mamás autistas que creen en una crianza respetuosa recomiendo Maternidad Atípica y el de Mónica Vidal Gutiérrez.

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