Agosto termina, ese cuasi eterno domingo estival, de 31 días de duración, llega a su fin y eso, a casi todo el mundo, le suele suponer un pequeño trauma.

Para mí, personalmente, los veranos suelen ser un infierno. El calor me agota, me agobia, me crispa, me enferma (migrañas) y me quita las ganas de casi todo. No siempre fue así, de niña los disfrutaba bastante. Recuerdo que los deberes de verano los hacía en una maratón de quince días. Los terminaba todos, de todas las asignaturas, en un par de semanas, las dos primeras tras terminar el curso, para poder pasarme los siguientes meses completamente relajada y olvidarme de que el colegio, las clases, les profes y compañeres existían. El verano era otra realidad, un sueño de ocio que dedicaba a mis pasiones, a mi soledad, a nadar imaginando que era una sirena, a pasar largas temporadas sin mi madre y a ser feliz en general.

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Lástima que al crecer y convertirme a la fuerza en adulta eso haya acabado (bueno, cuando nado sigo imaginando que soy una sirena, eso no me lo podrán quitar nunca, espero). De cría me entristecía la muerte del verano y me producía ansiedad el retorno a la escuela. Por lo general la noche antes del primer día de clase era incapaz de dormir, los nervios me lo impedían. ¿Cuál iba a ser mi nueva rutina, qué daríamos en las asignaturas, quiénes serían mis nuevos profes?

Una vez tenía los libros me sentía algo más cómoda. Revisaba con cuidado cada tema, calculaba cuándo tocarían mis temas favoritos en cada asignatura (en historia solían ser los primeros, antes de llegar a la edad media). También me asignaban mi sitio para sentarme y lo convertía en MI sitio. Odiaba cuando me tocaba justo delante de la mesa del profe (quién no ha odiado esa mesa), me incomodaba sobremanera y en la medida en que mi ingenio de superviviente me lo permitía, procuraba escaquearme de tan poco priviligedia situación.

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En cualquier caso, necesitaba ese planning mental, esa organización interna de saber cómo iba a transcurrir todo el curso para estar más tranquila y confiada. ¿Os podéis creer que si se saltaban algún tema o los cambiaban de orden me frustraba, me enfurecía (interiormente) y me daban ganas de llorar? Supongo que sí, no creo que hayáis llegado a esta entrada sin haber leído o vivido lo que es estar en el espectro autista. Otra de las cosas que hacía y por las que me llamaron la atención (y la atención de mi madre) en 5º o 6º de EGB era porque hacía los deberes por adelantado. Os comento: solía hacer los ejercicios que había en los libros antes incluso de que la maestra (en 5º y 6º tenía sólo una maestra) los mandara para casa. Obviamente me llamaban empollona por ello, no demasiado claro, tenía fama de violenta y además, en realidad, era una buenaza y si se portaban bien conmigo (un término muy relativo, ahora lo consideraría de una forma diferente), le dejaba mis deberes a cualquier compi que me lo pidiera.

¿Por qué tenía esa necesidad de hacer los deberes por adelantado? No era porque quisiera ser la mejor, porque quisiera quedar bien ni nada parecido. Simplemente, sentía un pánico atroz a que me preguntaran algo y no saber responder. Pánico, terror, casi horror cósmico.

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Sin embargo, por difícil que fuera la época estudiantil, la echo de menos. El mundo laboral se me está haciendo mucho más cuesta arriba. La estructura y planificación a la que estaba acostumbrada se fue al garete. Mientras antes sabía a qué hora empezaba, a qué hora terminaba, a qué hora tenía que hacer cada cosa, en el trabajo pocas veces se da esa situación. A veces no sabes cuándo vas a salir, o lo que tendrás que hacer, el horario que tocará la siguiente semana, las tareas que te asignarán, la gente con la que tienes que tratar.

Y sobretodo, sabía qué día terminaba el curso y empezaba el siguiente, no como ahora, que nunca sé cuándo me despedirán, con ese miedo siempre acechando sobre mi ansiedad crónica, sin saber si podré seguir pagando un techo. Y cuando me despiden (que siempre me acaban despidiendo), nunca sé cuándo me volverán a contratar, ni dónde, ni qué tipo de trabajo desempeñaré. Ese miedo no lo sentía cuando era una cría, y echo de menos no sentirlo.

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Septiembre suele ser un mes duro para la gente autista, es un nuevo comienzo del curso escolar e incluso en los trabajos se tiende a cambiar de rutinas pues la mayoría de la gente, sobretodo de la gente que manda, vuelve de vacaciones, con las neuronas despejadas y nuevas ideas que plasmar en sus empresas. Desde aquí os quiero dar ánimo a todes. Sé lo duro que es el final del verano, el cambio de rutina que suele implicar, la ansiedad de lo nuevo o la tristeza por volver a un sitio descorazonador. Os doy ánimos aunque a mí me queden pocos, porque sé lo difícil que es, pero recordad que no estáis soles, que algunes de nosotres os entendemos y que, por mi parte, tenéis mi apoyo desde la distancia y la virtualidad.

Que no se os haga muy duro, y si es así, pedid ayuda, de verdad. No estáis soles.

 

 

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