Aunque hace ya tiempo que las personas autistas venimos diciendo que sí que tenemos empatía (unas más, otras menos y un poco a días también, como el resto del mundo), para la población neurotípica general le ha hecho falta un estudio científico para empezar a creer en este cambio de paradigma en la concepción del autismo, como si la experiencia personal de quienes somos autistas no importara en absoluto.

Por otra parte, la alexitimia, más presente en proporción en el autismo y en otras neurodivergencias que en el neurotipicismo, es la incapacidad de identificar y expresar emociones, así en plan resumido.

Con esta información quizá podáis haceros una idea de lo que supone relacionarse para las personas hiperempáticas y con alexitimia, vamos, personas como yo. Pero por si acaso no conseguís imaginar lo que este cóctel implica en el día a día de una persona autista voy a tratar de explicarlo de forma más extensa. Además hay un antes y un después en mi forma de procesar este cóctel: el diagnóstico.

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Desde niña, al entrar a una habitación con gente, me he sentido abrumada e incómoda. Daba igual que fuera un aula, la casa de un familiar, una sala de espera, una oficina, mi propia casa si había más gente,… aunque para ser del todo sincera, la sensación era (es) más intensa cuando me unía algún tipo de vínculo a las personas o persona que estuviera conmigo. Por ejemplo: si mi madre estaba enfadada, no conmigo en particular, sino enfadada con alguien incluso ajeno a mi casa o por circunstancias poco propicias, yo podía sentirlo por el simple hecho de compartir espacio con ella. Prácticamente podía acariciar su enfado, que le salía por los poros, de lo denso y tangible que lo percibía.

En un ambiente festivo, por ejemplo las Nocheviejas, en las que suele dominar emociones positivas (al menos de la gente que me he rodeado), me era muy fácil contagiarme de la euforia ajena y sentirla como propia.

Hay emociones que me resultan más fáciles de distinguir, tal vez porque sean más simples o más comunes, pero otras son toda una incógnita. ¿Qué pasa si la gente que me rodea, con la que comparto espacio y vínculo social/emocional, siente algo que yo no sé identificar? Que me saturo, eso es lo que me pasa, pura saturación por tratar de entender algo que está fuera de mi alcance de entendimiento. En realidad, me saturo igual si entiendo las emociones que me contagian les demás, pero el hecho de por lo menos comprender qué está pasando consigue que mi ansiedad no se dispare. Obviamente tras el saberme autista y aprender términos como hiperempatía y alexitimia me han ayudado notablemente a comprender mi situación y evitar así, en la medida de lo posible, situaciones que me provocarían estrés y sufrimiento.

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Todo esto define una parte de mi personalidad: soy una payasa, la graciosa del grupo. También la piropeadora oficial. Os explico la relación y el proceso por el que me he convertido en la persona a la que la gente acude para subirse la moral y alegrarse un poco el día. Mi camino hacia la payasidad comenzó desde pequeña. Me di cuenta de forma instintiva que las emociones ajenas me afectaban y que si la gente estaba mal, yo estaba mal, pero si estaba bien, me era muy fácil estar bien. Todo esto no lo habría podido explicar entonces, por eso lo hago ahora (y así, si conocéis a alguien en el espectro que no sepa explicar esta sensación, este texto os puede ayudar).

Así, si el ambiente estaba cargado de emociones negativas: tensión, nerviosismo, enfado, tristeza, etc, yo hacía alguna gracia como fingir que me caía o me daba un golpe, o ponerme algo estrafalario de indumentaria y cosas por el estilo (lo de los chistes lo he ido refinando más de adulta, solía ser muy muy inoportuna e impertinente tratando de contar chistes. Ahora se me da un poco mejor, un poco, sin exagerar). Como las gracias verbales no eran lo mío, comencé a lanzar piropos a diestro y siniestro. No tardé en aprender que en esta sociedad patriarcal, piropear a un chico por el que no se tiene un interés sexo-afectivo da lugar a malentendidos que a veces me ponían en situaciones peligrosas (hablando en plata: aprendí que no se podía poner cachondo a un tío diciéndole cosas agradables y luego esperar que él no intentara presionarme para acostarme con él, por muy amigo que fuera). Así que ahora mis piropos, completamente sinceros por cierto, los prodigo sin filtro entre las mujeres de mi entorno y algunos pocos hombres que tienen mi confianza.

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No sé si resultará obvio o no, pero todo este esfuerzo emocional que realizo en ambientes sociales (egoísta, lo sé, lo hago para sentirme bien yo o, por lo menos, impedir un poco que las emociones ajenas me hagan sentir mal) me agota. Es algo conocido como resaca social, cuyos efectos en mi caso son parecidos a los de la resaca sensorial: dolor de cabeza, agotamiento, sueño, ansiedad,… Si realizo este esfuerzo de forma continuada y prolongada (básicamente cuando me toca trabajar, todavía no he encontrado un trabajo que no requiera contexto social, bueno sí, pero eso es otra historia) finalmente acabo con mi salud dañada, la mental y la física.

Ojalá la gente de mi alrededor pudiera comprender lo difícil que es para mí compartir espacio con otra gente, sin hacerme sentir culpable cuando necesito de mi soledad para recargarme, sin cuestionarme, sin llamarme exagerada, sin poner en duda mi sentir y mi sufrimiento. Además, antes del diagnóstico, sentía mucho resentimiento con la gente pues pensaba que su sentir y el mío eran muy parecidos, que todo el mundo empatizaba como yo lo  hacía (confusa e intensamente en ocasiones, confusa e insuficientemente en otras) y me parecía muy egoísta por su parte trasladarme esas emociones sin tratar de ponerle remedio (yo, de forma innata, disimulo mis emociones, al menos las negativas, cosa que me acarrea también bastantes problemas de salud).

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¿Qué le pediría a la gente de mi alrededor si pudiera verbalizar esto en lugar de escribirlo, y sobretodo en el momento oportuno? Pues que me explicaran de forma precisa qué emoción les embarga (al menos las intensas o las muy negativas) y la razón de ser de esa emoción. Uff, hasta por escrito me suena rara esta petición, como muy invasiva o algo, pero así es como siento yo las emociones ajenas, invasivas. Al menos me gustaría tener una explicación a la que aferrarme ante esa invasión que puede resultar tan hostil. También para mí sería ideal no tener que relacionarme en exceso con gente, y en exceso para mí significa más de dos o tres horas diarias (salvo con algunas personas, muy escasas, con las que puedo estar días enteros pegada porque al parecer vibramos en la misma sintonía o se parecen a mí en lo de disimular sus emociones o algo que, en definitiva, hace que me sienta cómoda de verdad junto a esas personas).

Espero que esta entrada ayude a algunas personas a comprenderse mejor a sí mismas o a otras personas dentro del espectro autista.

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