Hace poco expliqué lo que era la hipersensibilidad en las personas autistas. Se le suele llamar desorden sensorial (o trastorno del procesamiento sensorial, cómo les gusta a las autoridades médicas considerarlo todo un trastorno y a todes les que nos salimos de la norma unes trastornades) pues no procesamos la información que recopilamos a través de los sentidos de una forma normal (recordad que normal es un valor estadístico de frecuencia y aquí uso el término como esa acepción). Somos anormales, sensorialmente hablando vaya. Y bueno, de otras formas también, qué lástima que una palabra tan bonita como podría ser anormal (fuera de la normalidad) tenga unas connotaciones socioculturales tan denostadas. En fin, lo de tratar de cambiar el lenguaje y su concepción es una batalla que libro a diario, tanto yo como otras muchas personas que sienten que el lenguaje normativo (el que se usa como norma, y de forma frecuente claro) les excluye y les daña. Pero ese es otro tema. Perdón por divagar.

Yo no me concibo sin mi hipersensibilidad, sin mi “desorden sensorial“, incluso siendo éste cambiante a lo largo del tiempo. No me gusta que se dé por sentado que las personas autistas hiper/hiposensibles tenemos problemas intrínsecos con nuestros sentidos (puede haber casos concretos en que sí sea así, lo ideal es que no se dé nada por sentado). Es decir, sí que nos causa problemas dado el mundo en el que vivimos, que ni nos entiende ni nos respeta, ni siquiera cuando hacemos peticiones al respecto. Sin embargo, aunque haya habido veces que hubiera deseado quedarme sorda (más que nada porque no entendía lo que pasaba), de forma general no cambiaría un ápice mi hiperacusia (no sé si es la palabra indicada en realidad, ya que conozco a gente con hipoacusia que tiene los mismos problemas de sensibilidad auditiva que yo).

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La música me estremece hasta el éxtasis, puedo envolverme en ella como si de un perfume se tratara (igual es un poco de sinestesia lo que siento). Las canciones que me gustan me atraviesan de arriba abajo, me ponen la piel de gallina, me inundan, me sacian, me acarician y prácticamente me siento capaz de amarlas. No soy una autista con talento musical, yo no sabría componer ni ejecutar demasiado bien una melodía aunque me fuera la vida en ello, pero disfruto como pocas personas neurotípicas del arte musical que han creado les demás. Es una sensación tan difícil de explicar… es placer en estado puro, sin adulterar. Igual que un ruido no deseado es DOLOR, así, en mayúsculas, una música deseada es PLACER, también en mayúsculas.

Tampoco soy una autista con un talento artístico destacado, pero uff, cómo me deleito con el arte ajeno. Los colores, las formas, las siluetas, la línea del pincel, la acuarela,… Puedo pasarme horas mirando una imagen (aunque por desgracia la vida obrera que me ha tocado vivir no me permita lujos tales como disponer de tanto tiempo para mi placer). Hay cuadros (El jardín de las delicias por ejemplo) que me atrapan de una forma impensable para nadie que no tenga cierta sensibilidad por el arte. Prácticamente puedo degustar la composición de los colores de la artista Robin Eisenberg y mi mente se derrite con cada pequeña y deliciosa postal de Ío Wuerich. Es verdad, a veces puedo ver cosas que me desagradan hasta la náusea (tripofobia, no lo busquéis en google, de verdad), combinaciones de colores que me hacen querer chillar por puro malestar sensitivo (y no por horterismo, no soy una nazi de la moda, adoro lo hortera), pero, ¿qué sería de mí sin poder disfrutar en la medida que lo hago del arte? El mundo me parecería un lugar gris, sin matices, tibio, ni agradable ni desagradable, sólo mediocre, aséptico, inocuo. No es lo que quiero, gracias.

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Y qué decir de mi piel, de la capacidad que tiene para convertir el más leve roce en éxtasis, aunque también puedo caer en un infierno de dolor por la más inocente de las caricias. Es una hoja de doble filo, pero con los años que llevo manejándola, me he convertido en toda una experta, y soy capaz de proporcionarme (y pedir que me proporcionen) los placeres más sublimes, más intensos, más catárticos que un ser humano puede experimentar. Un dedo pasando con delicadeza por el centro de mi espalda, un aliento cálido en mi cuello, la arena fría de la playa de noche en mis pies, hundir mi mano en una mata de pelo,… Si lo que experimento al realizar estos simples actos es exacerbado y se considera inapropiado (qué le vamos a hacer, a veces soy extremadamente expresiva con mi placer y mis gemidos no siempre son bienvenidos), bueno, pues no es mi problema.

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La sociedad no puede imponerme sus ruidos infames (obras, tráfico, etc), su grotesca apariencia (hay edificios que parecen cárceles, que me deprimen sólo de verlos, por ejemplo), sus aromas penetrantes hasta el mareo y decirme que es mi problema, que es un “desorden sensorial” y luego arrebatarme el placer, el éxtasis, la intensidad de ese mal denominado desorden. No, señoras y señores normotípicos. Lo que necesitamos las personas autistas es respeto hacia nuestra sensibilidad, no que nos la arrebatéis a base de terapias y fármacos. Porque el precio por no volver a sentir dolor por los ruidos, los olores, las texturas, los colores es demasiado alto, no estoy dispuesta a pagarlo, no quiero pagarlo. Exijo respeto, exijo que nadie me diga que debo quitarme los auriculares o los tapones para los oídos por ser una falta de modales, exijo que nadie me diga cosas desagradables por no quitarme las gafas de sol en sitios cerrados, exijo poder recrearme con mis placeres sensitivos sin que nadie me recrimine por ello, ni me llame la atención por parecer anormal. Lo exijo por mí y por todes mis compañeres autistas y neurodivergentes.

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Mundo, no sé si te habías dado cuenta, pero soy anormal, y lo pienso seguir siendo y exigiendo que se acepte y respete mi anormalidad.

 

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