Cualquiera que me haya conocido en persona sabrá de mi falta de habilidad para expresarme verbalmente cuando se dan una serie de circunstancias: estar nerviosa, encontrarme en una situación nueva y no prevista, estar con desconocides, estar saturada social o sensorialmente,… Y también debo añadir que, si debo decir algo que considero importante, muy importante, y que puede ser causa de conflicto, mi garganta también se queda bloqueada. Es el estado que denomino “no verbal” aunque hay autistas que prefieren decir “no parlante” o “no hablante“. Ambos términos me parecen precisos y adecuados.

En mi caso particular, sólo soy no verbal en ocasiones, pero hay autistas que lo son siempre o la mayor parte del tiempo. ¿Significa esto que no podamos comunicarnos? No necesariamente. Si no hay una concurrencia con otras diversidades funcionales, sensitivas, intelectuales, etc, en principio, y sin ser una experta en la materia, la comunicación no tiene por qué suponer un problema para nosotres o, al menos, no debería serlo en un mundo en el que se nos aceptara y respetara.

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Aquí voy a narrar cómo a lo largo de mi vida, desde niña a adulta, un par de personas alistas de mi entorno me han robado mi voz, una voz que poco a poco voy recuperando. Cuando hablo de voz, no me refiero a palabras habladas, me refiero a mi forma más natural de comunicarme, con la que me siento más cómoda y con la que considero que mejor me expreso. Mi voz, por si no os habíais dado cuenta, es el lenguaje escrito (a veces acompañado de pequeños dibujitos). Para hacer una analogía, sería lo que en el mundo neurotípico se conoce como lenguaje no verbal y que acompaña al lenguaje hablado, el que se asocia a la expresividad del cuerpo (lenguaje corporal). Pues bien, yo hago dibujitos, no muy buenos, pero expresivos, que acompañan a mis textos manuscritos.

Recuerdo la primera vez que me robaron la voz. Era una niña, había hecho algo “malo”, no recuerdo el qué, ¿romper un vaso?, ¿decir algo inapropiado?, quién sabe, mi memoria no llega a tanto. Mi madre se enfadó conmigo, mucho, muchísimo, y me mandó a mi habitación, castigada (ya he comentado que pasaba mucho tiempo castigada). Yo me sentía realmente afligida por haber causado tanto daño a mi madre, pero la palabra perdón no podía salir de mis labios. Creo que ni siquiera era capaz de pensar en ella como algo fonético, sólo como algo visual que podía plasmar en papel. Así que saqué toda mi artillería de lápices de colores y le pedí perdón a mi madre con un dibujo y un texto escueto (todavía no sabía escribir mucho). Era algo completamente honesto salido de mi corazón y moldeado por mis manos. Cuando lo terminé se lo di. Ella, sin verlo, lo rompió en pedazos, seguía enfadada conmigo y yo seguía sin ser capaz de hablar.

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Desde aquel día traté de esforzarme lo más posible por hablar pasase lo que pasase. No lo conseguí, obviamente, sólo logré hacerme mucho daño, un dolor difícil de describir pero que se asemeja mucho a cuando tratas de realizar algo complicado, como la declaración de la renta (en mi caso), con el cerebro agotado.

La otra anécdota que quiero comentar es de cuando ya era adulta, una adulta muy joven que acababa de irse a vivir con su pareja, un hombre diez años mayor. Recuerdo que por alguna razón discutimos, mi memoria ha borrado también el por qué en este caso. En cualquier caso, yo ya había aprendido a tener miedo, un miedo atroz, a la gente que se enfadaba conmigo, por lo menos la gente que me importaba. De nuevo, el sonido de las palabras se borró de mi mente, no podía acceder a él. Pero las podía ver claramente y copiarlas en un trozo de papel. Así que eso fue lo que hice. Cogí un folio y un bolígrafo y le escribí una extensa carta a mi pareja de entonces. No sólo era emotiva, también lógica y racional. Con mi lengua jamás habría logrado expresarme con semejante precisión y soltura.

Cuando pasó un tiempo prudencial, pensando que el enfado se habría diluido un poco, se la di. Él si la leyó. Luego me gritó. No le gustó, no por el contenido en sí sino por la forma. Me dijo que las cosas por escrito no eran sinceras, que había que hablarlas, que si no era capaz de decirlas es que no eran verdad, y que había que hacerlo en el momento, porque entonces es cuando salían de corazón. Si esperaba tanto tiempo era para haber tenido tiempo de inventarme alguna mentira. Él no empleó palabras tan bonitas ni un tono moderado para decirme todo esto pero creo que podéis captar el mensaje. Desde entonces podía olvidarme de comunicarme con él, al menos las cosas importantes, ya que él no estaba dispuesto a leerme y, por lo tanto, no deseaba escucharme, no con los oídos, sino con algo más profundo, algo que permite la comunicación humana con su entorno: el deseo verdadero de conocer lo que otra persona o criatura le quiere decir, ya sea con palabras, maullidos, dibujos, música, ladridos, lágrimas o risas.

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Sólo después del diagnóstico, de saberme autista, de conocer a otres autistas y su activismo, he podido darme cuenta de que esto tiene un nombre: capacitismo. Yo no soy capaz de hacer una cosa de una manera determinada, pero la sociedad en general impone que se realice de esa forma, cualquier otra forma es incorrecta, es menos válida y, por tanto, me incapacita. Por eso considero que la sociedad, aunque en realidad sea neurodiversa, se ha impuesto unas normas estrictamente neurotípicas para funcionar. La gente debería revisarse (revisarnos) el capacitismo que ejercemos sobre el resto de personas. Por decirlo de una forma poco elegante pero cierta: con nuestro capacitismo nos estamos jodiendo cruelmente les unes a les otres.

Para finalizar, quiero añadir una nota de esperanza. Hace poco, con mi actual pareja, me sucedió de nuevo lo de tener que comunicarle algo importante, algo que creía que podía enfadarle e incluso dejarme (melodramática que es una). Le mandé un mail, me fui a sacar a la perra y le dije que cuando terminara de leerlo me avisara por wasap. No era capaz ni de estar en casa mientras él leía mi correo. Después de mis experiencias pasadas (sólo he mencionado las dos que más me han marcado) creo que nadie me lo puede tener demasiado en cuenta. Me avisó al poco y subí a casa, al borde del llanto. No sabía si estaba enfadado o no o qué pasaba ni qué iba a pasar. Él me dijo que me tumbara con él, me abrazó y me besó y todo fue de maravilla. Él sabe escucharme. Hay personas que saben escuchar, incluso a las personas que no podemos hablar. Todes deberíamos aprender a ser ese tipo de personas.

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