A veces necesito aislarme. Y cuando digo a veces, quiero decir la mayor parte del tiempo en realidad. Pero eso no significa que no me guste estar con la gente que quiero, o gente que me resulta interesante. Me gusta conversar aunque no sea la mejor exponiendo ideas de manera oral, me gusta escuchar las opiniones y pensamientos de la gente a la que respeto y admiro. A veces, simplemente me gusta estar con gente con el ánimo por las nubes y sentir cómo me contagio de su felicidad. Otras veces me gusta poder animar a la gente que pasa por un mal momento o acompañarla en su dolor.

Sin embargo, una exposición prolongada a la gente me hace daño, a veces lo que me hace daño es el ambiente ruidoso y multitudinario donde la gente desea reunirse. Por eso en muchas ocasiones rehuyo estas reuniones sociales, aunque me apetezca ver a esas personas, aunque las eche de menos. Hay veces, pocas pero muy dolorosas, que me obligo a acudir a ese tipo de reuniones y mi mente-cuerpo se rebela, colapsa, y tengo que volver a casa corriendo porque no puedo dejar de llorar, porque me entra una cefalea brutal, porque de repente todo se vuelve irreal, me mareo, los ruidos, las luces y el movimiento me abruman y la ansiedad me avisa de que algo no anda bien.

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Esto se debe a mi hipersensibilidad sensorial y social, hipersensibilidades diferentes pero relacionadas, al menos desde mi punto de vista. Este es uno de los aspectos en los que personalmente me he sentido más incomprendida a lo largo de mi vida. Aunque no supiera que era autista, me di cuenta muy pronto de esta necesidad mía de pasar tiempo en soledad. Lo que he observado en la sociedad neurotípica es que esto que yo considero una necesidad, no es algo bien visto y, por lo tanto, condenado.

Las personas neurotípicas y algunes alistas son seres sociales, seres que disfrutan de la compañía ajena, que la necesitan. Algunas de estas personas ni siquiera saben estar solas, o les duele, igual que a mí me daña la situación inversa. Como la sociedad está configurada de esta forma social, mi necesidad de aislamiento es vista como un capricho, como una falta de interés por mi entorno y por las personas de mi círculo. Y cuando se me malinterpreta, cuando la gente llega a la conclusión de que mi ausencia o mi silencio significan una falta de amor, cariño, interés o respeto por mi parte, la gente se aleja de mí. Sé que esto no me pasa sólo a mí, es algo bastante común en las personas autistas.

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Por supuesto, hay personas, tanto dentro como fuera del espectro, que entienden esta necesidad o que, si no la entienden, la respetan. Claro que ahora soy capaz de verbalizar con mayor precisión qué es lo que me ocurre. Antes no era así. Antes apenas sabía explicarlo. Así que casi toda la gente que he querido a lo largo de mi niñez, mi adolescencia y mi primera juventud ha desaparecido. Lo comprendo, dado que ahora puedo entender su punto de vista. Eso no significa que deje de dolerme. Según su perspectiva alista o neurotípica, yo era una persona fría, antisocial, insolente, despreocupada y una mala amiga y compañera en general. No se podía contar conmigo. Mi forma de mostrar afecto era percibida como una forma de aprovecharme. Esto hace que me pregunte cómo de maliciosa es la gente NT en general como para que este sea el patrón de pensamiento habitual ante un comportamiento como el mío, pero eso es otro asunto.

Mis circunstancias actuales no me permiten aislarme todo lo que mi mente-cuerpo necesita, por eso voy a la psiquiatra y ésta me receta una considerable cantidad de drogas que me hacen la existencia más soportable, que el dolor de tanta socialización, de tanta exposición fuera de mi refugio, resulte un poco menos abrumador e incapacitante. Estas circunstancias son, nada más ni nada menos, que trabajar en una oficina 40 horas a la semana. Algo que (casi) cualquier persona neurotípica puede hacer, no sin esfuerzo, pero tampoco con un sacrificio extremo. Una persona NT, al salir del trabajo, puede tener energías suficientes para salir de compras, reunirse con amigues, familiares, e incluso salir de fiesta (algunes). Yo, en cambio, lo que hago es ir directamente a casa, tirarme en la cama y dormir un rato. Mi cerebro no puede procesar más información, está saturado, por no decir herido.

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Sé que este ritmo no es algo que pueda soportar de forma indefinida sin ver mi salud seriamente dañada, por muchas drogas que tome para paliar los efectos negativos de ignorar una de mis necesidades más básicas. Es normal para mí que me despidan, que no me renueven contratos, terminar en el paro. Y a veces lo agradezco, una parte de mí lo agradece, pero por otra parte, necesito conseguir recursos para mi supervivencia y mi parcial independencia (no podría sobrevivir yo sola).

Así que, tanto en el terreno familiar (donde incluyo amistades) como en el laboral, mi necesidad de aislamiento conduce a que la sociedad me imponga una soledad mucho más cruel. Es como si a lo largo de mi vida me hubieran dicho: o eres como nosotres o no tendrás derecho a estar con nosotres y mucho menos disfrutar de los derechos que la sociedad NT proporciona a sus individuos no autistas (aunque no toda la gente alista disfruta de los mismos derechos, depende bastante de su nivel de privilegio).

Entonces, ¿qué opciones tenemos las personas autistas? ¿Fingir, en la medida de nuestras posibilidades, y siempre con grandes dosis de sufrimiento, que podemos ser NT, un poco rares, pero NT? ¿Aislarnos por completo para no hacer daño a otras personas ni que otras personas nos hagan daño a nosotres, con la pérdida de independencia y bienestar que eso supone?

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Yo propongo una tercera opción: luchar por nuestros derechos, luchar porque se nos entienda y respete tal y como somos, que se tengan en cuenta nuestras necesidades. Luchar por ser parte importante de esta sociedad y no personas marginales que imploran inclusión. Puede que sea tarde para mí, que yo no llegue nunca a ver algo así, no a nivel social (a nivel personal he obtenido algunos logros como ya he mencionado), pero espero que les jóvenes autistas de hoy, y les que están por venir, tengan un mundo nuevo mucho más amable y considerado que en el que a mí y tantes otres nos ha tocado crecer y sobrevivir.

 

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