Soy autista. Nadie puede obligarme a decir o pensar que tengo autismo, igual que no tengo diestrismo, no tengo mujeridad, no tengo castañismo ni tengo tampoco gordura. Soy autista, soy diestra, soy mujer, soy castaña (ahora pelirroja) y soy gorda. Nadie puede arrebatarme mi identidad, la cual elijo yo, nadie más.

No me importa que digan (o decir yo misma) que soy aspi, asperger o aspergirl. No me importa siempre que nadie olvide nunca que soy autista, que la etiqueta “aspi” debe ser usada como una herramienta para reconocernos las personas que hemos volado fuera del radar diagnóstico, no como un arma para distinguirnos y segregarnos del resto de la comunidad autista.

No me gusta el término “autismo de alto funcionamiento”. No hay autistas que funcionan y autistas que no funcionan, o que funcionan más o menos. Lo que sí hay son autistas que, a base de un sufrimiento extremo, hemos aprendido a desenvolvernos en el mundo neurotípico y autistas que o no han podido o querido aprender a hacerlo.

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Y os quiero decir una cosa, a todes, autistas y no autistas: el autismo es un espectro por el que se puede transitar. Yo he transitado mucho por él, a ciegas la mayor parte del tiempo. Algunas de mis peores crisis han dado lugar a que profesionales médicos creyeran que tenía epilepsia focal (no sé muy bien en qué consiste, me quedé con el nombre y poco más). Yo llegué a pensar que había perdido la cordura, que tenía alucinaciones auditivas terroríficas, que mi mente se había vuelto en mi contra. Pensé muchas cosas que no me acercaron a la verdad, cosas por las que me castigué muy duro. Sin embargo, ahora, puedo arrojar nuevas luces sobre mi vida y mi desarrollo como persona. Y todo gracias a nuevas palabras, nuevos conceptos: asperger, aspergirl, autismo, espectro autista, activismo autista. También gracias a nuevas personas de este diverso y fantástico colectivo.

De niña, al menos hasta la pubertad, no recuerdo haber sufrido demasiado salvo por un detalle que de momento me ahorraré (más que nada porque sigo sufriendo por ello y no sé cómo manejarlo). De niña era YO, un YO casi absoluto. Apenas era consciente de la presencia de les demás. No es que no les viera, no es que no les oyera, es que apenas me importaban. Eran como extras de una película, MI película. Es raro y difícil de explicar. Pero básicamente yo era feliz. Cosas que hoy en día me resultan insoportables (sensorialmente): ruidos, luces, multitudes de gente,… antes o me producían indiferencia o me sobre-estimulaban hasta el éxtasis.

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Tras la pubertad empecé a darme cuenta, de verdad, de una forma mucho más tangible que antes, de que había otras personas en el mundo y, curiosamente, deseaba interactuar con ellas de una forma más íntima, más personal, compartir mi mundo con ellas y que compartieran el suyo conmigo. Por primera vez quise sentirme incluida. No me bastaba con mi círculo más cercano de familia y mejor amiga. Quería más. Ahí fue cuando empecé a llevar mi disfraz, cuando empezó a importarme el dolor o las molestias que podía ocasionar mi manera de relacionarme. Y cuando empezó a dejar de importarme el dolor y las molestias que otres podían ocasionarme con su forma de relacionarse. Me dejé pisotear casi automáticamente, sin planteármelo en profundidad, sin ser del todo consciente que había dejado de defenderme, de ser yo, de actuar como yo.

Y los problemas llegaron, cómo no. El disfraz de neurotípica me oprimía, no me dejaba respirar, pero sin él estaba desnuda, vulnerable y prácticamente sin identidad. Este conflicto interno se traducía en autolesiones, en lágrimas, en un sueño voraz, un cansancio extremo, en apatía, desilusión, ganas de morir, en ansiedad y depresión. Siempre había tenido una muy baja tolerancia a la frustración y a las bromas ajenas. Puede parecer que he logrado controlar estas emociones pero no, lo único que hago es no manifestarlas hacia fuera, por lo que toda esa rabia acabo tragándomela, amarga y vil, y termina enquistándose en mi interior.

A los 20 colapsé. Mirando hacia atrás no me extraña, menudo ritmo de (anti)vida llevaba. Tuve una regresión autista sólo que, para mi horror, yo no conocía nada sobre autismo y, mucho menos me reconocía en él, en su espectro. Pasé un año prácticamente drogada. Todas las estereotipias que me había estado negando a mí misma salieron en un torrente demencial, anulando en gran parte mi capacidad de movimiento consciente. La sensibilidad sensorial se volvió mi enemiga. Pasé temporadas de no verbalidad. A veces quería comunicarme y no podía, no era capaz, como tampoco lo era de defenderme y mucho menos de imponer mi voluntad sobre mí misma.

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Y después de aquello he ido transitando de una parte a otra del espectro autista, al menos por todas las partes que me son accesibles dado mi neurotipo. Así que sí, puedo decir con orgullo y con voz muy alta que SOY AUTISTA.

No podéis quitarme eso, sencillamente, no podéis.

 

 

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