A veces pienso que a las personas que nos diagnostican como Asperger o autistas de alto funcionamiento (odio esta forma de entender el autismo, por funcionamiento) se nos diagnostica así, en parte, por un criterio muy neurotípico: a ojos de las sociedad, nuestro autismo puede pasar desapercibido.

Cuando me he topado con gente autista, o gente NT que conocía de forma íntima esta condición, la mayoría de veces me ha sido imposible esconderme bajo el disfraz de normalidad que aprendí a llevar para sobrevivir. Sin embargo, para la gran mayoría de mortales, se me ha visto como una persona excéntrica, rara, pero no autista y, mucho menos discapacitada o con diversidad funcional (a mí no me importa usar el término discapacitada conmigo misma, a ver si un día explico por qué).

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Esto, lo de poder camuflarme entre la población neurotípica y alista (no autista) de forma consciente tras descubrir mi condición neurodiversa (antes de conocerla también me camuflaba, pero no era consciente de que lo hacía, creía que todo el mundo era como yo y sufría tanto como yo, que eso era lo habitual) es un arma de doble filo. Lo de poder elegir si revelar quién soy en realidad o seguir llevando mi asfixiante disfraz es un arma, sí, a veces una ventaja, a veces una fuente de sufrimiento. Si la mayoría de veces lo paso mal simplemente para escoger qué ropa debo ponerme o qué película o serie ver en un determinado momento, imaginad, si sois capaces, el trauma que me supone tener esta decisión tan crucial en mis manos.

Hay gente que me ha dicho: «si es una tontería, puedes decirlo sin más». Esta gente, obviamente, no sabe lo que es la autisfobia. Es normal que no se sepa ya que nuestra voz es silenciada constantemente y, al parecer, nuestra opresión sólo le importa, además de a nosotres, a nuestros seres queridos más cercanos (y no siempre, por desgracia).

Casi todas las semanas leo alguna noticia en la que una persona autista ha sido agredida por personas NT o alistas. A veces, se trata de un asesinato. Creo que esto es más que suficiente para que no se me volviera a decir (que no se nos volviera a decir a ningune) lo de «es una tontería, puedes decirlo sin más». Además hay otros factores: ¿me despedirán si digo que soy autista?, ¿la gente de mi alrededor me tratará de una manera diferente?, ¿se alejarán de mí?, ¿tratarán de aprovecharse de mí?, ¿podré ser al fin yo misma?, son preguntas que pasan por mi cabeza cada vez que me planteo la posibilidad de salir del Aspi-armario.

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No me gusta tener que elegir entre dos opciones malas. Puedo seguir escondida, disfrazada, con todo el dolor que eso supone, dolor que cada vez aguanto menos, me asfixia más y me destroza por completo. O puedo salir, descubrirme, exponerme, quitarme la careta, confiar en que el mundo se portará bien conmigo, se hará consciente de mis necesidades y, en vez de tratar de hacerme daño por conocer mis vulnerabilidades, tratará de cuidarme, de hacerme sentir una persona con el mismo derecho a una calidad de vida decente que el resto.

Soy ingenua, pero no tanto.

 

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