Antes del primer coito tuve unas cuantas experiencias sexuales y quiero narrar cómo las viví desde mi ser autista. Por entonces yo ni siquiera conocía la palabra autismo, así que era imposible que sospechara que yo estaba en el espectro autista y que el resto de personas eran (tan) diferentes a mí: no sentían como yo, no esperaban lo mismo que yo, no entendían el mundo de la misma manera que yo.

Tenía catorce años cuando di mi primer beso con lengua. Hacía un par de meses (más o menos) que había empezado mi primer año de instituto. Conocía a alguien de un curso superior, no recuerdo a quién, y fui a visitarle a su clase. Allí vi por primera vez a M. Era tan guapo, con ojazos verdes y sonrisa de pillo. Creo que se me notó al instante el babeo por él. Cada vez que me lo cruzaba por los pasillos me lo quedaba mirando muy fijamente, tan fijamente como sólo una autista puede fijar su mirada en algo que le atrae.

Me lo acabaron presentando y, no sé si fue casualidad o algo premeditado por su parte, al poco me lo encontré un viernes por la tarde. Yo había salido con mi grupo de amigas (sí, tenía un grupo de amigas) y nos habíamos sentado en uno de los bancos que frecuentábamos. Él apareció por allí con un amigo y se unieron a nosotras. M nos preguntó (creo, mis recuerdos son algo difusos en cuanto a conversaciones) si alguna quería enrollarse con él (en aquellos tiempos enrollarse significaba darse besos con lengua y meterse mano, como mucho). Yo levanté la mano como si se tratara de una pregunta de clase. Nos fuimos a un lugar más apartado y me lo comí a besos. Tal era mi entusiasmo que por poco no lo tiré del banco (no me preguntéis cómo). Me dijo que tenía frío en las manos, que si podía meterlas dentro de mi pantalón. Le dije que sí, no vi problema en ello. Me sobó el culo y me pareció divertido. Creo que no tenía las manos tan frías como sugirió. Él me dijo que no llevaba calzoncillos (o algo así) y yo me extrañé. «No puede ser», dije. «Compruébalo» contestó, riéndose. Metí la mano por sus vaqueros y vi asomarse un calzoncillo verde. «Me has mentido», el se rió. Yo debía de ser la mar de divertida porque no paraba de reírse, de besarme y de reírse.

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Me acompañó hasta cerca de mi casa, me confesó que tenía novia y nos despedimos. No sabía muy bien qué había pasado ni por qué. En cualquier caso estaba extasiada sensorialmente, como si me hubiera drogado con una sustancia especialmente agradable, y quería que durase. No me planteé si lo que hacía estaba bien o mal. Para ser sincera, me molesta un poco cuando se dice eso de que les autistas nos lo tomamos todo muy en serio. No es cierto o, más bien, no es del todo cierto. Mis relaciones sexo-afectivas de aquella época no me las tomaba nada en serio y pensaba que para el resto del mundo era igual que para mí, sólo un juego, pura diversión.

Quedamos algunas veces más, siempre en horario de clase, siempre en su casa. No quería que su novia se enterara de que la estaba engañando. Recuerdo la primera vez que le vi desnudo. Era mucho más peludo de lo que me esperaba, pero no me molestó. Pensé que era como un peluchito de ojos verdes. Tampoco me molestaba mi cuerpo imperfecto, no me avergonzaba de él, ni de mi vello púbico, todavía no había aprendido a sentir vergüenza por ese tipo de cosas. Yo sólo iba a lo que iba, a explorar mi placer.

Debo decir que fue algo frustrante. Mientras yo lo di todo con mis caricias, con mis labios y con mi lengua, él fue mucho más torpe y egoísta a la hora de proporcionarme orgasmos. Sólo estuve a punto de alcanzar el clímax en una ocasión y, para mi desgracia, su padre llegó a casa y nos interrumpió. Nunca he sido muy bien manejando la frustración pero en esa ocasión me la guardé entera para mí. A los pocos días me dijo que no quería volver a quedar conmigo. Lo pasé mal un par de semanas, me sentí rechazada y confusa pues no entendía qué había pasado. Luego, años más tarde, llegué a la conclusión que fue porque me negué a experimentar la penetración con él. Yo tenía muy claro (y ahora también), que no iba a llegar hasta el coito si mi pareja sexual no me proporcionaba previamente algún orgasmo mediante sus habilidades manuales y/u orales. No me preguntéis de dónde había sacado esta idea pero el caso es que era una norma auto-impuesta y, aunque a veces la tentación de romperla fue grande, creo que la mantuve hasta mi primer coito (y la mantengo en general).

No me voy a andar con eufemismos: estaba cachonda. Tenía catorce años, las hormonas revolucionadas y una frustración infame me devoraba las entrañas. Había un chico en mi clase que me hacía algo de gracia, no me atraía de la misma forma que me había atraído M, pero era mono y me gustaba. Le dije, de la forma más sutil que supe hacerlo, que se pasara por mi casa a una hora en la que sabía que mi madre no estaría. No sabía si acudiría a la cita, pero lo hizo. Estaba hecho un manojo de nervios, mucho más que yo. Le besé. No besaba muy bien. Le ordené que se bajara los pantalones. Le practiqué sexo oral. Fue frustrante porque, al contrario que con M, no conseguí hacerle eyacular. Él me paró en algún momento. Se iba a marchar y le increpé que a dónde iba, que ahora me tocaba a mí. Descubrí, a las malas, que si a una persona no le apetece hacerte algo, si le presionas para hacerlo, lo va a hacer fatal. Mi frustración creció todavía más. Cuando se cansó se marchó y no le detuve. Lloré y me masturbé. No entendía nada.

Al poco, en el instituto se empezó a correr el rumor de que yo era una chupapollas. No sé quién de los dos (y estoy segura de que fue uno de ellos, o los dos) comenzó ese rumor. Comprendí que había diferencias de género. Que ellos fueran unos lamecoños les convertía en machotes, y que les hubieran felado el miembro más aún. A mí, en cambio, esas cosas me convertían en una guarra. «Si guarra es la que no se lava» pensaba yo. Supongo que por este motivo los chicos dejaron de interesarme durante un tiempo, aunque tuve un par de novietes más en mis catorce, chicos que eran gays pero que no eran conscientes de su condición todavía (yo me enteré después). Como luego mi deseo sexual se orientó exclusivamente hacia las chicas y, como todo en mí, fue muy evidente, el rumor de ser una comepollas se extinguió. Tampoco me traumaticé ni nada, sólo hizo que naciera en mí una ira que no supe canalizar hasta mucho tiempo después. Podría haber sido carne de acoso escolar, de hecho estoy segura de que intentaron acosarme y amedrentarme, pero en aquella época el miedo y yo todavía no nos conocíamos lo que me volvía impredecible, peligrosa, imprudente e inconsciente, tanto como podía serlo un animalillo arrinconado sin nada que perder ante sus depredadores.

Recuerdo aquellos años de forma muy confusa, muy intensa, muy extraña. Creo que fue cuando más percibí la distancia que me separaba del resto, que había algo diferente en mí, algo que se me escapaba. Sin embargo, estaba demasiado ocupada tratando de sobrevivir (y disfrutar) a la exuberante intensidad de mis sentidos y mis emociones desbordantes.

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Creo que por hoy ya me he desnudado bastante, hasta la próxima.

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