De sobra es conocido que les autistas, cuando algo nos interesa o apasiona, lo hace de forma muy intensa, más de lo que el mundo neurotípico suele ser capaz de comprender. Dependiendo de lo que despierte nuestro interés seremos mejor o peor considerades: no es lo mismo que nos entusiasmemos hasta la médula con las matemáticas que con los tatuajes o con las tazas de porcelana. Algunos intereses se consideran productivos (o funcionales), otros absurdos y otros perjudiciales. En cualquier caso, cuando nos da por algo con ganas, se lo suele llamar obsesión, con todas las connotaciones negativas que eso conlleva. Además, se nos pide que dejemos de “obsesionarnos” o dejemos de lado aquello que nos “obsesiona”.

Una vez una chica me preguntó, «¿qué puedo hacer para no obsesionarme?» Yo le dije: «no dejes de hacerlo, déjate llevar por la obsesión, disfrútala». Obviamente esto es aplicable cuando nuestro interés desmedido (desde la óptica NT) es por objetos inanimados, conocimientos inmateriales y casi cualquier cosa que no esté viva. Pero, ¿qué pasa cuando nos cautiva una persona? Pues que lo solemos pasar mal, a veces se lo hacemos pasar mal a otres y a veces, demasiadas, les otres nos lo hacen pasar mal, muy mal, terriblemente mal. Por desgracia quedamos demasiado expuestes y vulnerables. El nivel de atracción y fascinación del que hacemos gala en esas circunstancias es evidente hasta para la gente menos espabilada.

A mí nadie me explicó la diferencia que existía entre sentir amor, deseo, atracción, interés, complicidad,… Mi alexitimia tampoco me ayudó demasiado a la hora de entender estos conceptos. Creo que para nosotres es demasiado fácil confundir la atracción con el enamoramiento, y el enamoramiento con el amor. Eso sumado a que, en mi caso al menos, no supiera qué se esperaba de mí cuando sentía esas emociones desbordantes, me convirtió en carne de abuso, pues confiaba siempre en les demás para que me dijeran cuál era la forma apropiada de comportarme (en situaciones en las que no eran frecuentes más testigos y, ni mucho menos, figuras de autoridad que, por desgracia, también podían ser abusadores).

girl-1925252

Voy a poner algunos ejemplos.

Cuando tenía unos diez u once años me empezó a gustar un chico de mi clase. Era rubio, alto, bastante mono, también bastante soso, pero era bonito mirarle. Al sentirme atraída por él empecé a acosarle. Yo no sabía que estaba mal perseguir a un niño, cortarle un mechón de pelo por la fuerza, mandarle notas de forma constante, presionarle para que me diera un beso,… Pensaba que el amor era así, algo obsesivo por naturaleza, desquiciado y sin control. No me podéis negar que el cine y la tele en general no han reforzado estas ideas que yo me había tomado al pie de la letra. No recuerdo muy bien cómo terminó esta historia, sé que luego me gustaron otros chicos pero debí aprender a moderar mi comportamiento porque no volví a actuar de una forma tan ególatra y desconsiderada.

Con catorce años me sentí fuertemente atraída por un chico del instituto, un año mayor que yo. Como no sabía distinguir entre atracción sexual y amor, creí que me había enamorado de él. Pensaba constantemente en él, deseaba que me tocara (¡deseaba que alguien me tocara!), anhelaba sus besos y su piel. Dado lo que había aprendido del mundo neurotípico, no podía tratarse de otra cosa que no fuera amor. Sin embargo, no me interesaban ni su conversación, ni su vida en general, ni compartir aficiones con él. Era puro deseo adolescente pero claro, eso no lo sabía. Y como yo pensaba que era amor, también creía que debía hacer todo lo que me pidiera. Creo que ya he mencionado alguna vez lo complaciente que he llegado a ser. Afortunadamente esta historia no duró mucho porque se cansó de mí a las pocas semanas.

Con diecisiete me enamoré de un hombre de veintisiete y pasamos juntos nueve eternos y penosos años llenos de confusión, dolor, mentiras, engaños, depresión, alcoholismo y un largo etc. Él también despertó esa parte mía considerada por el mundo clínico como obsesiva. En este caso no negaré que me enamoré perdidamente, sólo que el enamoramiento, en mi caso, conlleva altas dosis de ofuscación. Si me dejara llevar por mi sentir, me convertiría en la sombra de la persona amada, no me despegaría de ella ni un instante. Esto no sólo suena enfermizo, es que lo viví como una enfermedad. Me dolía el estómago la mayor parte del tiempo, la ansiedad me devoraba las entrañas, no dormía, no comía, y mi felicidad resultaba dolorosamente histriónica. Le resultó tan sencillo manipularme y hacerme cumplir, sin darme cuenta o sin importarme lo más mínimo, cada uno de sus perversos deseos (y con perversos no me refiero a que fueran de índole sexual, no la mayoría al menos).

Con veintiséis años encontré a mi pareja actual. Fue todo muy fluido, muy natural. Me “obsesioné” con él en la fase de enamoramiento, cómo no, pero luego todo se asentó en lo que yo considero amor del bueno, del que no duele, del que me hace crecer, del que hace que me sienta segura, tranquila, feliz. Y al fin encontré a una persona que vio mi pasión, mi intensidad, no como algo patológico, no como una obsesión, sino como una forma (maravillosa) de ser.

Aún así, ojalá de niña alguien me hubiera enseñado que yo era diferente del resto del mundo, ojalá me hubieran enseñado que mi forma de sentir no era mala, ni obsesiva, sólo diferente, intensa en ocasiones. Ojalá me hubieran mostrado las diferencias y semejanzas entre amor y deseo, entre deseo propio y ajeno. Ojalá lo que se considerara malo en esta sociedad fuera el abuso y no las “obsesiones” autistas. Ojalá me hubieran explicado lo fácil que era aprovecharse de mí, igual así, habría dejado de ser tan fácil.

brain-619060

Anuncios