Desde niña y hasta ahora se me ha repetido de manera incansable que mi actitud hacia las figuras de autoridad es desafiante, chulesca, bravucona. Desde fuera se me percibe como una cretina sobrada que va de listilla por la vida. Mi percepción es muy diferente, claro.

En clase, por ejemplo, si algún profesor cometía un error en la pizarra yo era incapaz de obviarlo, no podía hacer que me diera igual y, a pesar de que por entonces no me gustaba en absoluto hablar en público, no podía evitar señalar ese error. Mientras había educadores que se lo tomaban bien y no le daban mayor importancia (quién no comete errores), otros, en cambio, sentían algún tipo de ofensa porque una cría tuviera la insolencia de corregir sus fallos. Así es como comenzaba su trato injusto hacia mí y yo, cuanto más me revolvía, más perjudicada salía pues, al fin y al cabo, eran personas con más poder que yo. Así es como aprendí a no quejarme, a no señalar las faltas ajenas, fueran éstas irrelevantes como la ausencia de una tilde o de mayor repercusión como cuando un profesor me arrinconó entre él y una pared y se me insinuó durante una excursión (yo tenía 15 años). Esto debe estar relacionado con lo de la “indefensión aprendida” pero todavía no he profundizado demasiado en este tema, me revuelve demasiado por dentro.

Nunca he entendido, ni siquiera ahora que lo he aceptado, por qué otras personas debían tener autoridad sobre mí sin una base lógica. Es decir, para mí tiene sentido seguir las indicaciones de mi médica porque entiendo que tiene unos conocimientos superiores a los míos en cuestiones de salud general, pero no tiene sentido en absoluto seguir las órdenes de mis jefes si son contrarias a lo que yo creo que debo hacer para desempeñar mi trabajo con eficiencia (nadie sabe mejor que yo misma cómo debo hacer las cosas para que me resulten más sencillas). Como podréis imaginar, he perdido innumerables trabajos y hasta que no recibí mi diagnóstico e investigué sobre mi condición no entendí por qué. Me sentía inútil, un despojo social por así decirlo. Y sin embargo la concepción que se tenía de mí era la de una gilipollas arrogante e insensible.

Ahora que me he vuelto consciente de mi condición, de quién soy y de cómo es el mundo que me rodea creo que sí se podrá decir de mí que poseo una actitud desafiante, esta vez con toda la razón. Ahora no sólo soy consciente del desafío que supone para mí desenvolverme con éxito en la sociedad, también pienso desafiar cada opresión que me encuentre en este sistema generador de abusos y desigualdades.

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