Voy a tratar un tema que considero peliagudo. Es un tema sobre el que he reflexionado largo y tendido y en el que mi corazón y mi mente no se ponen de acuerdo, no están en sintonía. Esto me hace sufrir. Ya comenté lo difícil que me resulta reconocer mi sentir, por qué siento lo que siento o incluso qué es lo que siento. No es extraño que me pase horas, días, semanas o toda una vida dándole vueltas a un mismo tema para tratar de comprender(me). En este caso, la razón y la emoción divergen en sentidos casi opuestos y creo atisbar el por qué.

Ahí va, voy a soltar algo por lo que tal vez se me condene: me molesta, pero me molesta mucho, prácticamente rabio, cuando leo esa cantidad ingente de artículos, entradas de blog o comentarios sobre padres y madres de personas dentro del espectro autista, llevándose el protagonismo de una condición que no les pertenece. Esta sensación, esta cólera bullente es lo que alberga mi pecho. Los engranajes de mi cabeza, en cambio, se sorprenden ante la vehemencia de este sentimiento. ¿Por qué debería yo enfurecerme con unas personas que no conozco y que, lejos de desearme algún mal, trabajan por un mundo mejor para les Aspies?

He llegado a la conclusión de que hay dos motivos principales.

El primero es por haberme encontrado más de una vez y más de dos (por lo que mi mente autista magnifica y generaliza a la totalidad de la población) a gente en Internet y fuera de la red compadeciendo a madres y padres de niñes Aspies por lo duro que es criarles, por haberles tenido. Todavía estoy esperando encontrarme a alguien que le pregunte a une Aspie si ha sido muy duro tener hijes NT, o criarse con progenitores fuera del espectro autista. Esto hace que llegue a la conclusión de que soy una carga, para mi familia, para la sociedad, para el mundo. Esas palabras de aliento y consuelo dirigido a madres, padres y cuidadores neurotípicos me provocan deseos de no haber nacido. También siento vergüenza y culpa pues, por lo general, no suelo ser una persona mezquina y creo que este tipo de emociones son, cuanto menos, mezquinas.

El segundo motivo es porque, sencillamente, no he tenido (ni tengo) unos padres que se preocupen por mí de tal manera. Uno se marchó dejándome rota, la otra requiere unos cuidados todavía más específicos y considerables que los míos, por lo que mis necesidades quedan sumidas en el olvido del segundo plano. Supongo que el otro ingrediente que amarga definitivamente este cóctel de emociones es el de la envidia.

Como podéis comprobar, no soy un ángel, no soy un “ser de luz”. Soy un ser humano, como cualquier otro, y también tengo mucho que trabajarme y revisarme si quiero ser consecuente con mis ideas y aspiraciones y construir una sociedad mejor.

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