Ha sido tan fácil abusar de mí. Si de algo me sirve ser consciente de mi condición (y tener un diagnóstico que a muchas mujeres se les niega) es para protegerme de la malicia y la ignorancia de la forma de pensar y actuar neurotípica. También sirve para que los demás se protejan de mi forma de pensar y actuar autista. Sin embargo, mientras los demás sólo me tienen que soportar a ratos, yo tengo que soportar al resto del mundo casi todo el tiempo. Porque lo NT es más, más abundante, más generalizado, más por cualquier parte, más hasta en la sopa.

Una particularidad que me ha llevado por caminos amargos ha sido el de la obediencia extrema y literal. Necesitaba complacer a toda costa, como un pequeño robot de Asimov, con las leyes grabadas a fuego en mi cerebro positrónico. En varias ocasiones mi madre me castigó prohibiéndome salir de mi cuarto, castigo bastante habitual por lo que tengo entendido. Lo que ya no es nada habitual es que les niñes castigades de esta forma decidan orinar dentro del cuarto por miedo a incumplir el castigo. Sencillamente no era capaz de hacer otra cosa. Durante años utilicé la papelera como un orinal sin que nadie en mi casa se percatara (sí, fui una niña a la que castigaban asiduamente). Así crecí, pensando que el respeto al prójimo se basaba en una absoluta obediencia y que no tenía ningún derecho a quejarme, ni se me pasaba por la cabeza, a pesar del dolor, la angustia y la tristeza cada vez que debía posar mis nalguitas en aquella papelera forrada con una bolsa de plástico que luego arrojaba por la galería.

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y el poder que se ejerce sobre las personas Aspis puede llegar a ser brutal, especialmente si desconocen su condición o se les ha negado un diagnóstico. Creo que va siendo hora de que la sociedad tome conciencia de su poder y se responsabilice de él. Ya no me vale el “lo siento, no tenía ni idea”. Nunca más.

 

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