Se me pide que cambie, yo, mi comportamiento, mi actitud, mi ser. No me lo pide una persona en concreto, son la sociedad y el sistema imperante en su conjunto quienes me empujan hacia la opresión.

Por poner un ejemplo entre un millar: mi literalidad incomoda, mi ausencia de perversión es puesta en duda. Si le digo a alguien: “para, me molestas”, sólo significa eso, que está haciendo algo que me molesta y quiero que pare. No sé qué circuitos neuronales se funden en el cerebro neurotípico (NT) para creer que lo que quiero decir es: “por favor, continúa, me encanta lo que haces, si me quejo es por diversión” o “te odio, quiero ofenderte, humillarte, hacerte llorar”. No sé la cantidad de mierda que tienen metidas las cabezas NT para reinterpretar tan maliciosamente cada comentario que sale de mi boca (y del resto de bocas). Esto no sería un problema para mí, allá cada cual con su basura mental, no estoy libre de ella ni mucho menos, pero me enerva hasta la médula que se pretenda que YO deba modificar mi forma literal, directa y honesta de expresarme para no molestar a nadie o para no dar pie a nadie a hacerme daño. Al parecer las conversaciones neurotípicas se basan en herir o ser herido, de lo contrario no comprendo ese énfasis en edulcorar cada aseveración, de enmascarar las puñaladas lingüísticas para clavarlas lo más hondo posible.

Y sin embargo se me exige a mí que cambie. ¿No sería más lógico que la sociedad aspirara a una comunicación más honesta? ¿A que las personas que la conforman posean una autoestima más sólida, tanto que un par de palabras duras no puedan herir? No sé, igual la equivocada soy yo, al fin y al cabo los demás son mayoría y en las democracias la mayoría gana, por injusta que sea.

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